lunes, 23 de diciembre de 2013

Como hacer tu propio yogur

¿Por qué no escribo?-tecleo en el ordenador consciente de que  la paradoja  me cuelga  de las orejas como los zarcillos de las gitanas. O sin paradoja: ¿por qué escribo?
Imagino que la pregunta tendría la misma enjundia si me preguntara porqué no compongo música mientras silbo, sin intención, autómata,  una improvisada melodía. O  podría preguntarme por qué no pinto si mientras hablo por teléfono  dibujo formas geométricas en un papel …

Esta cosa de crear ¿De dónde sale? ¿No está ya todo inventado? ¿Hay algún sentimiento humano que no se haya visto reflejado en  una melodía? ¿Queda algún paisaje por inmortalizar? ¿Se puede escribir algo original?
Hay quien dice que desde las pinturas rupestres no se ha pintado nada original, que todos los pintores, desde entonces, han repetido lo mismo. Siguiendo  ese criterio todas las novelas están en el Quijote y el martilleo de las guitarras eléctricas de un grupo heavy repite, en el fondo, la locura de los violines del verano de Vivaldi… No hay nada nuevo bajo el sol.

Verdaderamente, los clásicos parecen haber condensado el espíritu de la humanidad con tanta habilidad que si lees “conectando” Guerra y Paz o escuchas  “con las tripas” a Mozart  puedes decir que te has enterado del meollo de la existencia humana tanto o más que con un tratado de antropología del mismísimo Marvin Harris.

Manuel Vicent, en su novela “La novia de Matisse”, plantea que el arte alarga la vida y  mejora la salud de quien sabe disfrutarlo. Un cuadro del impresionista francés recibe la admiración de mucha gente durante mucho tiempo, esa gente que admira esa obra transmite “energía” a la propia obra, que la va atesorando y concentrando y, finalmente, la destila en el momento oportuno a quien la necesita para sobrevivir a una enfermedad incurable.

Algo parecido a esto que cuento es lo que nos ocurre en un club de lectura  en el que participo. Un grupo de personas leemos el mismo libro y luego lo comentamos. Es fantástico considerar que hay tantos libros como lectores/as, que cada vez que alguien lee un libro lo enriquece con su propia vida,  y cómo, aunque hayamos leído el mismo texto, cada cual ha construido su propia historia diferente que es la combinación de la literalidad del texto y de la vida del lector.

 Y esto recuerda, en parte, a ese descubrimiento de la física cuántica, según el cual, en ese mundo subatómico todas las posibilidades se dan simultáneamente y es el observador, aunque no quiera, quien influye sobre lo observado, "colapsando" con su observación todas las posibilidades en una sola.
 ¿Y si esto fuera aplicable al mundo “macroscópico” en que nos movemos? Entonces el lector influiría sobre lo leído aunque se hubiera escrito siglos atrás. La grandeza del “Sueño de una noche de verano” se debería,  sin desmerecer a Shakespeare, a toda la gente que ha leído el texto y lo ha hecho suyo y la “novena sinfonía” de Beethoven reflejaría la alegría de cuantos la han interpretado y/o escuchado desde lo más hondo de sí.  La misteriosa ambigüedad de la expresión de la Mona Lisa se explicaría porque, entre sus observadores, hay tantas tristezas como alegrías y ella ya no sabe si sonreír  o “hacer un puchero”.

Y ¡Claro! Después de esto ¿Para qué escribir? ¿Por qué hacerlo?
Algunas veces escribo para cambiar cosas, como Peter Benenson, fundador de Amnistía Internacional, que escribió hace 50 años una carta al director al periódico The Observer para decirle al mundo que la dictadura portuguesa había encarcelado a unos estudiantes por brindar por la democracia. No sabía entonces, que esa carta al director estaba abriendo el camino de la conciencia colectiva y la defensa de los Derechos Humanos por gente “de a pie”.

O como el artista chino Ai Weiwei que, con un grupo de voluntarios, ha escrito el nombre de unas cinco mil personas que murieron en un terremoto en China ante la pasividad  y la obstrucción de las autoridades  (muy  recomendable el video “Never Sorry” http://www.youtube.com/watch?v=QAADXK9MeOU)

Otras veces escribo para decir cosas a los demás aún sabiendo que otras personas lo dijeron antes y lo dijeron mejor, aún sabiendo que otras vendrán y lo mejorarán y sabiendo que no seré original. En esos casos aprendo del rutinario croar de las ranas, del cansino cantar de los agapornis, del necio balar de las cabras... 

En “Memorias del Calabozo” dos miembros del movimiento Tupamaros de Uruguay (Rosencof y Fdez Huidobro) cuentan  cómo pasaron más de once años encerrados en condiciones de aislamiento y cómo la necesidad de comunicación les agudizó el ingenio hasta el punto de desarrollar mecanismos para intercambiar poemas, reflexiones y jugadas de ajedrez a través de los muros que les separaban. Este relato es un maravilloso elogio de la comunicación.  La comunicación salvó a estos colegas del actual presidente del gobierno uruguayo, José Mújica.

Curiosamente en el mundo del otro lado del espejo al que Lewis Carrol nos lleva de la mano de Alicia, las flores del jardín se sorprenden de que en nuestro lado del espejo haya cosas con nombre que no respondan al mismo, como las propias plantas. Y es que en nuestro mundo las cosas no tienen nombre para que se las pueda llamar, como ocurre allí, sino para poder comunicar lo que pensamos o sabemos  sobre ellas.

Pero lo que, sin duda, más me mueve a escribir no es tanto la intención de cambiar las cosas o de decirle cosas a los demás sino, más bien, el tener cosas que decirme a mí mismo.  
Pueden pasar meses en que no escriba porque no tengo nada que decirme hasta que, de pronto, un día, ocurre algo a mi alrededor, escucho una música, leo un libro, recibo un tweet, tengo una conversación…. Y me digo :
-¡Ah! ¡Esto me lo tengo que contar!¡Esto no lo dejo pasar sin contármelo! Esto se merece algo más que un ratito de ensoñación en el té verde del desayuno, esto se merece una digestión pausada y consciente para que no se me indigeste, para que no me cause vómitos o diarreas, para que no se me escape sin hincarle el diente,  para que me aporte los nutrientes que, sin duda, la cosa tiene.
Y ¡Qué a gustito se queda uno cuando se cuenta las cosas a sí mismo sin esperar a que nadie le diga lo que tiene que pensar o interpretar!¡Con la desnudez de la cosa misma! ¡Sin más filtro que los míos! (ojalá pudiera evitar los míos también) ¡Sin la prisa de tener que hacer algo urgente! ¡Sin la presión de la eficacia! ¡Sin vender nada a nadie! ¡Sin la necesidad de acertar!¡Porque sí!

Entiendo, entonces, que haya personas como mi admirada Carolina que estudia composición musical a pesar de todos los Debussy y los Albinioni que en el mundo han sido o cómo mi querido Antonio sigue pintando y esculpiendo a pesar de los Chillidas y los Van Goghs. Entiendo la necesidad que impulsa a mi amiga Maite a contar lo que ve en el día a día en su blog http://www.maitegarciaro.blogspot.com.es/ y a la gente anónima que se acerca al precioso proyecto literario “Relatalia” http://en-relatalia.blogspot.com.es/ para jugar con las palabras aunque saben que el gran Muñoz Molina ya ha escrito lo que había que escribir en “Todo lo que era sólido” describiendo certeramente qué nos está pasando como individuos y como sociedad. Comprendo que mi compañera Pilar se complique la existencia para provocar la expresión artística de sus alumnos y se empeñe en sacar al Picasso que todos llevan, sin duda,  dentro.

Comprendo, en fin, que el espíritu necesita las ideas, las imágenes, los sonidos y las palabras como el cuerpo el jamón, el tomate y el yogur y que cuando uno se cuenta las cosas a sí mismo (o pinta, compone…) está alimentando su espíritu con lo más adaptado a su propio metabolismo… Es, como criar tus guarros, como cultivar tus tomates, como hacer tu propio yogur...