¿Por qué no escribo?-tecleo en el ordenador consciente de
que la paradoja me cuelga de las orejas como los zarcillos de las
gitanas. O sin paradoja: ¿por qué escribo?
Imagino que la pregunta tendría la misma enjundia si me
preguntara porqué no compongo música mientras silbo, sin intención, autómata, una improvisada melodía. O podría preguntarme por qué no pinto si mientras
hablo por teléfono dibujo formas geométricas en un papel …
Esta cosa de crear ¿De dónde sale? ¿No está ya todo
inventado? ¿Hay algún sentimiento humano que no se haya visto reflejado en una melodía? ¿Queda algún paisaje por
inmortalizar? ¿Se puede escribir algo original?
Hay quien dice que desde las pinturas rupestres no se ha
pintado nada original, que todos los pintores, desde entonces, han repetido lo
mismo. Siguiendo ese criterio todas las
novelas están en el Quijote y el martilleo de las guitarras eléctricas de un
grupo heavy repite, en el fondo, la locura de los violines del verano de
Vivaldi… No hay nada nuevo bajo el sol.
Verdaderamente, los clásicos parecen haber condensado el
espíritu de la humanidad con tanta habilidad que si lees “conectando” Guerra y
Paz o escuchas “con las tripas” a
Mozart puedes decir que te has enterado
del meollo de la existencia humana tanto o más que con un tratado de
antropología del mismísimo Marvin Harris.
Manuel Vicent, en su novela “La novia de Matisse”, plantea
que el arte alarga la vida y mejora la
salud de quien sabe disfrutarlo. Un cuadro del impresionista francés recibe la
admiración de mucha gente durante mucho tiempo, esa gente que admira esa obra
transmite “energía” a la propia obra, que la va atesorando y concentrando y,
finalmente, la destila en el momento oportuno a quien la necesita para
sobrevivir a una enfermedad incurable.
Algo parecido a esto que cuento es lo que nos ocurre en un
club de lectura en el que participo. Un
grupo de personas leemos el mismo libro y luego lo comentamos. Es fantástico
considerar que hay tantos libros como lectores/as, que cada vez que alguien lee
un libro lo enriquece con su propia vida, y cómo, aunque hayamos leído el mismo texto,
cada cual ha construido su propia historia diferente que es la combinación de
la literalidad del texto y de la vida del lector.
Y esto recuerda, en
parte, a ese descubrimiento de la física cuántica, según el cual, en ese mundo
subatómico todas las posibilidades se dan simultáneamente y es el observador,
aunque no quiera, quien influye sobre lo observado, "colapsando" con su
observación todas las posibilidades en una sola.
¿Y si esto fuera
aplicable al mundo “macroscópico” en que nos movemos? Entonces el lector
influiría sobre lo leído aunque se hubiera escrito siglos atrás. La grandeza
del “Sueño de una noche de verano” se debería, sin desmerecer a Shakespeare, a toda la gente
que ha leído el texto y lo ha hecho suyo y la “novena sinfonía” de Beethoven
reflejaría la alegría de cuantos la han interpretado y/o escuchado desde lo más
hondo de sí. La misteriosa ambigüedad de
la expresión de la Mona Lisa se explicaría porque, entre sus observadores, hay
tantas tristezas como alegrías y ella ya no sabe si sonreír o “hacer un puchero”.
Y ¡Claro! Después de esto ¿Para qué escribir? ¿Por qué
hacerlo?
Algunas veces escribo para cambiar cosas, como Peter Benenson,
fundador de Amnistía Internacional, que escribió hace 50 años una carta al director
al periódico The Observer para decirle al mundo que la dictadura portuguesa había
encarcelado a unos estudiantes por brindar por la democracia. No sabía entonces,
que esa carta al director estaba abriendo el camino de la conciencia colectiva
y la defensa de los Derechos Humanos por gente “de a pie”.
O como el artista chino Ai Weiwei que, con un grupo de voluntarios,
ha escrito el nombre de unas cinco mil personas que murieron en un terremoto en
China ante la pasividad y la obstrucción
de las autoridades (muy recomendable el video “Never Sorry” http://www.youtube.com/watch?v=QAADXK9MeOU)
Otras veces escribo para decir cosas a los demás aún
sabiendo que otras personas lo dijeron antes y lo dijeron mejor, aún sabiendo
que otras vendrán y lo mejorarán y sabiendo que no seré original. En esos casos
aprendo del rutinario croar de las ranas, del cansino cantar de los agapornis,
del necio balar de las cabras...
En “Memorias del Calabozo” dos miembros del movimiento
Tupamaros de Uruguay (Rosencof y Fdez Huidobro) cuentan cómo pasaron más de once años encerrados en
condiciones de aislamiento y cómo la necesidad de comunicación les agudizó el
ingenio hasta el punto de desarrollar mecanismos para intercambiar poemas,
reflexiones y jugadas de ajedrez a través de los muros que les separaban. Este
relato es un maravilloso elogio de la comunicación. La comunicación salvó a estos
colegas del actual presidente del gobierno uruguayo, José Mújica.
Curiosamente en el mundo del otro lado del espejo al que
Lewis Carrol nos lleva de la mano de Alicia, las flores del jardín se sorprenden
de que en nuestro lado del espejo haya cosas con nombre que no respondan al
mismo, como las propias plantas. Y es que en nuestro mundo las cosas no tienen
nombre para que se las pueda llamar, como ocurre allí, sino para poder
comunicar lo que pensamos o sabemos sobre ellas.
Pero lo que, sin duda, más me mueve a escribir no es tanto
la intención de cambiar las cosas o de decirle cosas a los demás sino, más bien,
el tener cosas que decirme a mí mismo.
Pueden pasar meses en que no escriba porque no tengo nada
que decirme hasta que, de pronto, un día, ocurre algo a mi alrededor, escucho
una música, leo un libro, recibo un tweet, tengo una conversación…. Y me
digo :
-¡Ah! ¡Esto me lo tengo que contar!¡Esto no lo dejo pasar
sin contármelo! Esto se merece algo más que un ratito de ensoñación en el té
verde del desayuno, esto se merece una digestión pausada y consciente para que
no se me indigeste, para que no me cause vómitos o diarreas, para que no se me
escape sin hincarle el diente, para que
me aporte los nutrientes que, sin duda, la cosa tiene.
Y ¡Qué a gustito se queda uno cuando se cuenta las cosas a
sí mismo sin esperar a que nadie le diga lo que tiene que pensar o interpretar!¡Con
la desnudez de la cosa misma! ¡Sin más filtro que los míos! (ojalá pudiera evitar los míos también) ¡Sin la prisa de tener que hacer algo urgente! ¡Sin la presión de la eficacia!
¡Sin vender nada a nadie! ¡Sin la necesidad de acertar!¡Porque sí!
Entiendo, entonces, que haya personas como mi admirada
Carolina que estudia composición musical a pesar de todos los Debussy y los
Albinioni que en el mundo han sido o cómo mi querido Antonio sigue pintando
y esculpiendo a pesar de los Chillidas y los Van Goghs. Entiendo la necesidad
que impulsa a mi amiga Maite a contar lo que ve en el día a día en su blog http://www.maitegarciaro.blogspot.com.es/
y a la gente anónima que se acerca al precioso proyecto literario “Relatalia” http://en-relatalia.blogspot.com.es/
para jugar con las palabras aunque saben que el gran Muñoz Molina ya ha escrito
lo que había que escribir en “Todo lo que era sólido” describiendo certeramente
qué nos está pasando como individuos y como sociedad. Comprendo que mi
compañera Pilar se complique la existencia para provocar la expresión artística
de sus alumnos y se empeñe en sacar al Picasso que todos llevan, sin duda, dentro.
Comprendo, en fin, que el espíritu necesita las ideas, las
imágenes, los sonidos y las palabras como el cuerpo el jamón, el tomate y el
yogur y que cuando uno se cuenta las cosas a sí mismo (o pinta, compone…) está
alimentando su espíritu con lo más adaptado a su propio metabolismo… Es, como criar
tus guarros, como cultivar tus tomates, como hacer tu propio yogur...


