lunes, 23 de diciembre de 2013

Como hacer tu propio yogur

¿Por qué no escribo?-tecleo en el ordenador consciente de que  la paradoja  me cuelga  de las orejas como los zarcillos de las gitanas. O sin paradoja: ¿por qué escribo?
Imagino que la pregunta tendría la misma enjundia si me preguntara porqué no compongo música mientras silbo, sin intención, autómata,  una improvisada melodía. O  podría preguntarme por qué no pinto si mientras hablo por teléfono  dibujo formas geométricas en un papel …

Esta cosa de crear ¿De dónde sale? ¿No está ya todo inventado? ¿Hay algún sentimiento humano que no se haya visto reflejado en  una melodía? ¿Queda algún paisaje por inmortalizar? ¿Se puede escribir algo original?
Hay quien dice que desde las pinturas rupestres no se ha pintado nada original, que todos los pintores, desde entonces, han repetido lo mismo. Siguiendo  ese criterio todas las novelas están en el Quijote y el martilleo de las guitarras eléctricas de un grupo heavy repite, en el fondo, la locura de los violines del verano de Vivaldi… No hay nada nuevo bajo el sol.

Verdaderamente, los clásicos parecen haber condensado el espíritu de la humanidad con tanta habilidad que si lees “conectando” Guerra y Paz o escuchas  “con las tripas” a Mozart  puedes decir que te has enterado del meollo de la existencia humana tanto o más que con un tratado de antropología del mismísimo Marvin Harris.

Manuel Vicent, en su novela “La novia de Matisse”, plantea que el arte alarga la vida y  mejora la salud de quien sabe disfrutarlo. Un cuadro del impresionista francés recibe la admiración de mucha gente durante mucho tiempo, esa gente que admira esa obra transmite “energía” a la propia obra, que la va atesorando y concentrando y, finalmente, la destila en el momento oportuno a quien la necesita para sobrevivir a una enfermedad incurable.

Algo parecido a esto que cuento es lo que nos ocurre en un club de lectura  en el que participo. Un grupo de personas leemos el mismo libro y luego lo comentamos. Es fantástico considerar que hay tantos libros como lectores/as, que cada vez que alguien lee un libro lo enriquece con su propia vida,  y cómo, aunque hayamos leído el mismo texto, cada cual ha construido su propia historia diferente que es la combinación de la literalidad del texto y de la vida del lector.

 Y esto recuerda, en parte, a ese descubrimiento de la física cuántica, según el cual, en ese mundo subatómico todas las posibilidades se dan simultáneamente y es el observador, aunque no quiera, quien influye sobre lo observado, "colapsando" con su observación todas las posibilidades en una sola.
 ¿Y si esto fuera aplicable al mundo “macroscópico” en que nos movemos? Entonces el lector influiría sobre lo leído aunque se hubiera escrito siglos atrás. La grandeza del “Sueño de una noche de verano” se debería,  sin desmerecer a Shakespeare, a toda la gente que ha leído el texto y lo ha hecho suyo y la “novena sinfonía” de Beethoven reflejaría la alegría de cuantos la han interpretado y/o escuchado desde lo más hondo de sí.  La misteriosa ambigüedad de la expresión de la Mona Lisa se explicaría porque, entre sus observadores, hay tantas tristezas como alegrías y ella ya no sabe si sonreír  o “hacer un puchero”.

Y ¡Claro! Después de esto ¿Para qué escribir? ¿Por qué hacerlo?
Algunas veces escribo para cambiar cosas, como Peter Benenson, fundador de Amnistía Internacional, que escribió hace 50 años una carta al director al periódico The Observer para decirle al mundo que la dictadura portuguesa había encarcelado a unos estudiantes por brindar por la democracia. No sabía entonces, que esa carta al director estaba abriendo el camino de la conciencia colectiva y la defensa de los Derechos Humanos por gente “de a pie”.

O como el artista chino Ai Weiwei que, con un grupo de voluntarios, ha escrito el nombre de unas cinco mil personas que murieron en un terremoto en China ante la pasividad  y la obstrucción de las autoridades  (muy  recomendable el video “Never Sorry” http://www.youtube.com/watch?v=QAADXK9MeOU)

Otras veces escribo para decir cosas a los demás aún sabiendo que otras personas lo dijeron antes y lo dijeron mejor, aún sabiendo que otras vendrán y lo mejorarán y sabiendo que no seré original. En esos casos aprendo del rutinario croar de las ranas, del cansino cantar de los agapornis, del necio balar de las cabras... 

En “Memorias del Calabozo” dos miembros del movimiento Tupamaros de Uruguay (Rosencof y Fdez Huidobro) cuentan  cómo pasaron más de once años encerrados en condiciones de aislamiento y cómo la necesidad de comunicación les agudizó el ingenio hasta el punto de desarrollar mecanismos para intercambiar poemas, reflexiones y jugadas de ajedrez a través de los muros que les separaban. Este relato es un maravilloso elogio de la comunicación.  La comunicación salvó a estos colegas del actual presidente del gobierno uruguayo, José Mújica.

Curiosamente en el mundo del otro lado del espejo al que Lewis Carrol nos lleva de la mano de Alicia, las flores del jardín se sorprenden de que en nuestro lado del espejo haya cosas con nombre que no respondan al mismo, como las propias plantas. Y es que en nuestro mundo las cosas no tienen nombre para que se las pueda llamar, como ocurre allí, sino para poder comunicar lo que pensamos o sabemos  sobre ellas.

Pero lo que, sin duda, más me mueve a escribir no es tanto la intención de cambiar las cosas o de decirle cosas a los demás sino, más bien, el tener cosas que decirme a mí mismo.  
Pueden pasar meses en que no escriba porque no tengo nada que decirme hasta que, de pronto, un día, ocurre algo a mi alrededor, escucho una música, leo un libro, recibo un tweet, tengo una conversación…. Y me digo :
-¡Ah! ¡Esto me lo tengo que contar!¡Esto no lo dejo pasar sin contármelo! Esto se merece algo más que un ratito de ensoñación en el té verde del desayuno, esto se merece una digestión pausada y consciente para que no se me indigeste, para que no me cause vómitos o diarreas, para que no se me escape sin hincarle el diente,  para que me aporte los nutrientes que, sin duda, la cosa tiene.
Y ¡Qué a gustito se queda uno cuando se cuenta las cosas a sí mismo sin esperar a que nadie le diga lo que tiene que pensar o interpretar!¡Con la desnudez de la cosa misma! ¡Sin más filtro que los míos! (ojalá pudiera evitar los míos también) ¡Sin la prisa de tener que hacer algo urgente! ¡Sin la presión de la eficacia! ¡Sin vender nada a nadie! ¡Sin la necesidad de acertar!¡Porque sí!

Entiendo, entonces, que haya personas como mi admirada Carolina que estudia composición musical a pesar de todos los Debussy y los Albinioni que en el mundo han sido o cómo mi querido Antonio sigue pintando y esculpiendo a pesar de los Chillidas y los Van Goghs. Entiendo la necesidad que impulsa a mi amiga Maite a contar lo que ve en el día a día en su blog http://www.maitegarciaro.blogspot.com.es/ y a la gente anónima que se acerca al precioso proyecto literario “Relatalia” http://en-relatalia.blogspot.com.es/ para jugar con las palabras aunque saben que el gran Muñoz Molina ya ha escrito lo que había que escribir en “Todo lo que era sólido” describiendo certeramente qué nos está pasando como individuos y como sociedad. Comprendo que mi compañera Pilar se complique la existencia para provocar la expresión artística de sus alumnos y se empeñe en sacar al Picasso que todos llevan, sin duda,  dentro.

Comprendo, en fin, que el espíritu necesita las ideas, las imágenes, los sonidos y las palabras como el cuerpo el jamón, el tomate y el yogur y que cuando uno se cuenta las cosas a sí mismo (o pinta, compone…) está alimentando su espíritu con lo más adaptado a su propio metabolismo… Es, como criar tus guarros, como cultivar tus tomates, como hacer tu propio yogur...

domingo, 1 de septiembre de 2013

El aire sin dueño

El aire sin dueño
No sé en qué momento apareció esta frase en mi cabeza ni porqué se me repite con tanta insistencia. El aire sin dueño, el aire sin dueño….
Tal vez fue en la subida nocturna a la Maroma aprovechando la Luna llena de julio. En nuestro camino de subida y de bajada nos cruzamos con algunas cabras montesas que hacían su recorrido diario. En ese momento en que me faltaba el resuello por lo largo, escarpado y pedregoso del camino (y por mi mala forma física) alguna de ellas me miró fijamente y en esa mirada me transmitió esta cosa misteriosa de que el aire no tiene dueño como diciéndome “respira sin miedo, humano, que nadie te va a cobrar, que el aire es tan tuyo como mío, pedazo de humano, que entre nosotros no cuenta la propiedad sino el usufructo”. (era, eso sí, una cabra muy culta, con conocimientos de arquitectura financiera al nivel de Christine Lagarde, por lo menos. Ahora que lo pienso, aquella cabra me recordaba un poco a la Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional, físicamente claro)
Claro que también es posible que quien se dirigió telepáticamente a mi aquella noche de julio no fuera una cabra, que, por otro lado tienen fama de necias, sino un fauno y que yo lo confundiera en la oscuridad de la noche, con una simple cabra montesa. Efectivamente, en este caso, el fauno que, como oráculo, se me presentó aquella noche era un dios mitológico de los que se presentan en arboledas sagradas (como los Tejos de la Maroma) para dar respuesta a mis preguntas mediante voces sobrenaturales o sueños. Aquel fauno, dios de la agricultura y del ganado y lascivo como él solo me transmitió algo tan simple y tan conmovedor como que el aire no tiene dueño.
Y así pasan los días y voy recibiendo, en mi conciencia, algunas visitas interesantes.


Primero se acercó el gran Jefe Seattle de la tribu de los Swaminsh, que ya en 1854 rechazó una tentadora oferta por la Tierras que ocupaba con su gente por parte del Presidente de EEUU, Pierce Franklin. (http://aumartin.webs.ull.es/Carta%20del%20Gran%20Jefe%20Seattle.pdf)
Y va el Jefe Seattle y me dice- ¡oye Nacho! Que yo he visto muchas cosas y que ya le dije yo al Jefe de los Hombres Blancos que las cosas de la naturaleza no se pueden comprar ni vender porque no tienen dueño.
-Ya, Jefe Seattle, pero si vieras lo que han cambiado las cosas. Resulta que ahora tenemos un sistema económico-político que consiste en que todo puede ser comprado y vendido y que cuando algo “se pone en valor” eso significa que alguien ganará (normalmente poca gente) y alguien perderá (normalmente más gente).
-¡Anda ya! ¿Eso cómo va a ser?- Me dice el pobre Seattle mientras se les caían todas las plumas del sombrajo.
-Como lo oyes. Si te contara que hoy día hay empresas que se hacen dueñas de determinadas semillas y eso les permite cobrar a quienes las usen para plantar sus cultivos- Y le muestro esta página web para que me crea (http://www.monsanto.com/global/es/noticias-y-opiniones/pages/porque-monsanto-demanda-a-agricultores-que-reutilizan-las-semillas.aspx)


Al pobre Jefe Seattle se le iba cambiando la cara. Ya más que un “piel roja” se iba pareciendo a un “rostro pálido” si no fuera por las pinturas de guerra que llevaba encima.


A esto que Antonio Machado, el poeta, que estaba sentado en una butaca a la sombra de una sabina junto al río Duero, se une a la conversación y nos dice, muy serio él, - pues yo lo veía venir y ya escribí que “sólo el necio, confunde valor y precio”


Lógicamente hice las oportunas presentaciones ya que el indio y el poeta no se conocían de nada y debo decir que creo que se cayeron muy bien mutuamente. Los dos tan serios y espartanos, tan coherentes y formales, tan sobrios y transcendentes… Si los dejo un rato más terminan juntos cazando búfalos por los campos de Castilla…


-Pues cuando les cuente lo último se van a caer de espaldas- les digo yo con un puntito de recochineo, como queriendo disfrutar de un golpe bajo a tan eminentes compañeros de ensoñación.
-Resulta que en estos días el gobierno de España ha creado un “peaje de respaldo” que significa que si uno se produce su propia energía usando el sol o el viento tiene que pagar al gobierno una cantidad (https://unete.partidoequo.es/firmas/autoconsumo/)
-¡Anda ya!- Salta D. Antonio de su butaca- Ni que el sol o el aire fueran propiedad del gobierno.
-¿A quién hay que cortar la cabellera?- grita el Jefe Seattle preparando su hacha “de mano”.
Yo los veo tan excitados que les planteo que nos tomemos las cosas con calma mientras les cuento cómo veo yo el asunto. Finalmente el jefe indio prepara una pipa (no sé si de la paz o de la guerra) y D. Antonio se vuelve a su butaca.


Y mientras mis dos interlocutores se van disolviendo en mi conciencia entra en escena Henry David Thoureau y me recuerda que él en 1854 publicó Walden, como relato de su experiencia de vida autosuficiente en la naturaleza y como llamada de atención a un modelo social que se imponía ya entonces dispuesto a crecer “contra la naturaleza” y cómo trató de resistir a la guerra contra México y la esclavitud en EEUU negándose a pagar impuestos. No me da tiempo a compadecerme de él porque sus esfuerzos e ideas no parece que hayan cuajado mucho entre nosotros cuando aparece el mismísimo Ghandi y me recuerda la marcha por la sal, aquel recorrido de 300km con el que el movimiento noviolento por la independencia de la India pretendía poner de manifiesto la absurda prohibición de obtención de la sal del imperio británico que mantenía el monopolio de su explotación. El 6 de abril de 1930 Ghandi y sus compañeros/as cogía un poco de sal del Océano Índico. Era un gesto simbólico para lanzar una pregunta vergonzante: ¿Cómo era posible que el pueblo indio no se beneficiara de un bien natural que estaba a su alcance por esa cosa del monopolio de su extracción?
Despido a mis ilustres amigos con un mohín y un encogimiento de hombros como diciéndoles –reconozco que es un sistema rarito este que tenemos y que no hemos progresado mucho… y me quedo con mi fauno al que le cuento que hay aires que más que dueños tienen usuarios que, además lo devuelven al medio “mejorado” como el aire que llena el odre o fol de una gaita que es devuelto como música o el que llena una colchoneta que producirá bienestar a quien dormite o navegue sobre él.
También hay aires con dueños “más exclusivos”. En este grupo están las colonias que usan algunas personas que se apoderan de algunos metros cúbicos de aire como si fueran las cornetas que anticipan la llegada de un rey medieval, o el aire perfumado de algunos ambientadores que hacen que las casas y coches se vuelvan espacios reconocibles e identificables con anuncios de TV. Está también el aire acondicionado de los cines, centros comerciales y tiendas, siempre demasiado fuertes, siempre dando más frío del necesario como queriendo hacer ostentación de la riqueza, aquí hay de sobra, aquí no hay miserias- parecen decirme esos aires…
El fauno me mira con aire de incomprensión. No entiende nada, el pobre, por muy dios mitológico que sea….
Pero desde luego ninguno de estos aires tiene que ver con el limpio aire de la Maroma, que te devuelve la vida en cada inspiración con ese suave recuerdo de los pinos y del romero, lejos de la voluptuosidad abusiva del ambientador y, más bien, como el recuerdo agradecido de esos seres fotosintéticos que renuevan el oxígeno que necesitan nuestros atribulados músculos tras tantas horas de caminata.
Y ninguno de estos aires artificializados tiene que ver con el aire del mediterráneo que riza la superficie del mar para recordarnos que en cada gota de mar está todo el mar, en cada ola todas las gotas y en cada mar todas las olas… Ese aire del mediterráneo que te regala la sal que lo británicos prohibían a los indios, sal que sala, luz que brilla…
Y ninguno de esos aires domesticados tiene que ver con el que se inspira y se espira en cada pranayama . El aire, en estos ejercicios, te nutre y te riega, te aporta lo que necesitas y se lleva lo que te sobra, te quita lo que te estorba aunque tu mismo ignoras qué te estorba y cómo te lo quita….
Y ninguno de estos aires, seguro, se parece a la primera inspiración, aquella que cuando salimos del cuerpo de nuestra madre, hace que el aporte de oxígeno nos venga del aire y no del cordón umbilical, aquella que nos hace independientes, que nos hace libres…
El fauno se ha quedado dormido, su respiración es lenta y pausada, el aire al entrar por su hocico abre las aletillas en una vibración rítmica y suave que parece repetir como un mantra:
El aire sin dueño
El aire sin dueño
Sólo el necio
Confunde valor y precio
La vida es sueño
El aire sin dueño

El aire sin dueño

¿Quién soy yo?

¿Quién soy yo?
Me lo pregunto muchas mañanas al mirarme al espejo. ¿Quién soy yo? Le pregunto al que me mira desde el otro lado, me concentro en sus pupilas con la idea ampliamente extendida (y verificada cuando te reencuentras con alguien a quien hace mucho tiempo que no ves) de que en la mirada se esconde el alma humana.
Más que mirar escruto su mirada y pauso mi respiración como en las películas de miedo y más que preguntar clavo mis palabras en el centro del ojo, atravieso con mi intención ese túnel secreto que es el nervio óptico por el que viajo en un nanorobot y aterrizo finalmente en el lóbulo occipital del cerebro que controla la visión. Desde allí, según esa idea del alma y la mirada, uno proyecta lo que es. Cuando llego hasta ahí el día transcurre con mayor plenitud.
Como ocurre con todas las preguntas fundamentales de la vida lo realmente interesante es la propia pregunta y no tanto la respuesta. Y son interesantes porque activan una nueva forma de percibir la realidad mientras estamos en “modo pregunta”. No interesa tanto lo que soy sino el mecanismo que se genera en mi conciencia cuando percibo que mi identidad no está tan clara, que mi identidad es algo difuso en el tiempo y en el espacio, que está siempre rehaciéndose y que más que ser alguien inmutable parece que “estoy siendo” en el transcurrir del tiempo… Aunque por otro lado algo (o alguien) me dice que sigo siendo yo.
De hecho cualquier respuesta que me diera el espejo se volvería falsa y anticuada en unos segundos, basta con tener los ojos cerrados un par de segundos y abrirlos de nuevo frente al espejo para recibir una respuesta distinta (si es que se recibe). O mirar levemente de reojo al rollo de papel higiénico para encontrar otra respuesta cuando vuelvo a concentrarme en la mirada del que me mira.
Por eso, en ocasiones repito la pregunta ¿quién soy yo? ante cosas diferentes a un espejo. A una alcachofa que recojo en el huerto, al botón “MUTE” del mando a distancia de la tele, o a la tortuga cuando le cambio el agua les pregunto concienzudamente por mi identidad sabiendo que recibiré la callada por respuesta. Una callada agradable que se vuelve silencio denso y tibio para envolverme y conectarme con otras formas de percibir y de percibirme más allá de mi inmanencia. Un silencio que acalla mi mente y me hace disfrutar de la existencia sin atributos ni adjetivos. Un silencio sin promesas ni recuerdos, un silencio tierno que mueve mi dial hasta captar la frecuencia en la que vibra lo que existe. Un silencio, en fin, que me sitúa plenamente en el aquí y ahora y paradójicamente, en el trascendente infinito atemporal en el que todo y nada existen simultáneamente.
Tengo la intuición de que al plantear esa pregunta existencial ¿Quién soy yo? se entra en un estado de inestabilidad emocional que hace que durante un buen rato cada cosa que uno hace o piensa, cada cosa que ve o escucha tienen un sentido especial porque afirman lo que se puso inicialmente en cuestión. Algo parecido a cuando nos asomamos desde una altura que nos da vértigo por el simple placer de experimentar la seguridad cuando “pasa el peligro”. Esto explicaría la tendencia de algunos de mis congéneres a las películas de miedo o a los deportes de riesgo… Experimentar la fragilidad de la vida te hace vivir con más conciencia. La única diferencia es que yo prefiero preguntarle al del espejo o a una cebolla que tirarme desde un puente con un elástico o pasar una noche con el muñeco diabólico. Cobarde, o prudente según se mire, que es uno.
La literatura nos invita a cruzar esta delgada línea del pensamiento convencional y a sumergirnos en el pensamiento “loco” que permite cuestionárselo todo. Si no arriesgas tu pensamiento, parecen decirnos algunos escritores, místicos, sabios… no encontrarás el tesoro que hay al otro lado, disponible sólo para iniciados capaces de subir y caminar por la cuerda floja.
Recuerdo un cuento de Borges en el que el escritor argentino ya consagrado se encuentra en un banco de Nueva York con el Borges de treinta años atrás. Tienen una conversación muy interesante en la que incluyen reproches, malos entendidos e incomprensiones. La genialidad del asunto es que hay un momento en que, como lector, uno duda si el relato lo escribió el viejo recordando al joven o el joven imaginando al viejo, perdiendo la capacidad de distinguir entre el ahora y el ayer o el mañana y percibiendo todas las perspectivas simultáneamente. El todo y la nada simultáneamente.
También José Saramago nos propone en “Las intermitencias de la muerte” que imaginemos que la muerte deja de actuar para llevarnos a la idea de la necesidad de alternar el fin y el principio de nuestra existencia. En realidad la novela podría llamarse también “Las intermitencias de la vida” porque en el fondo no son viables la una sin la otra. Debo morir a lo que fui para poder nacer al que he de ser. Cada día vamos muriendo al que fuimos y naciendo al que seremos… El todo y la nada simultáneamente.
Y el poeta Ángel González empieza así su contribución a mi divagación
Para que yo me llame Ángel González, 
para que mi ser pese sobre el suelo,
 
fue necesario un ancho espacio
 
y un largo tiempo:
 
hombres de todo el mar y toda tierra,
 
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
 
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
 
en otro cuerpo nuevo.
 
Solsticios y equinoccios alumbraron
 
con su cambiante luz, su vario cielo,
 
el viaje milenario de mi carne
 
trepando por los siglos y los huesos.

¿Quién soy yo? Parecen preguntarse Borges, Saramago y González y tantos otros que no he tenido el placer de conocer (de momento)
También la ciencia parece abordarnos con la pregunta del ser a lo largo del tiempo. Se sabe que muchas células mueren en un corto periodo de tiempo siendo reemplazadas por otras nuevas, pero también se sabe que en cada replicación de ADN una de las cadenas se conserva. Según esto si comparo a Nacho del 72 con Nacho del 13, por ejemplo, podría concluir que muchas de las células que eran yo entonces ya no existen y han sido sustituidas por otras que, curiosamente, pueden conservar trozos de biomoléculas (ADN) de aquella época. Algunos de esos trozos han llegado al Nacho del 13 sin inmutarse desde generaciones anteriores como nos recordaba Ángel González en su poema.
Pero además nos dice la Biología que la mitocondrias (orgánulos de nuestras células responsables de la respiración celular) tienen su propio ADN que procede exclusivamente de nuestra madre ya que se divide independientemente de la mitosis celular. Luego ese ADN de mis mitocondrias procede sólo de mi madre, de la madre de mi madre y de la madre de mi madre de mi madre…… ¡Locura total! Si no se produjeran mutaciones podríamos decir que son el ADN de una bacteria que vivió hace 3.000 millones de años ¡El mismo!
En todo caso la Biología nos dice que la respuesta a esa pregunta “¿Quién soy yo?” depende del momento de la vida en que la hagamos.
¿Soy el Nacho del 13, que avanza firmemente hacia la perplejidad respecto a lo que le rodea? ¿Soy el recién nacido inconsciente del 68? ¿Soy el joven “comemundo” del 90? ¿Soy el anciano dependiente y, tal vez de nuevo inconsciente, del 50? ¿Soy el que soy independientemente de mi nivel de conciencia o es mi conciencia quien determina quién soy y quién seré como si pudiéramos elegir entre las diferentes probabilidades que se nos presentan en la vida? ¿Soy mis recuerdos? Y en tal caso ¿Qué garantía tengo de que son reales y no inventados?
¿Y si en lugar de la variable tiempo nos fijamos en los límites de mi identidad? Entonces la pregunta de ¿Quién soy yo? Se convierte en ¿dónde empiezo y dónde acabo yo? Freud me diría que soy mis deseos, San Ignacio que el conjunto de mis intenciones, acciones y operaciones (pensamientos), los de la “new age” que una unidad de conciencia…
¿Soy el conjunto de los 50 billones de células que forman mi cuerpo? ¿Debería incluir en esa cuenta a las bacterias con las que convivo en armoniosa simbiosis? ¿Cuándo digo “soy yo” me debería referir a los 100.000 bacterias de cada cm2 de mi piel? ¿Y las 100.000.000 de bacterias por mililitro que viven en mi colon ascendente? ¿Son yo? Un amigo biólogo me decía que somos una comunidad de bacterias
¿Y si me quito una muela? ¿Sigo siendo yo? ¿Y si me amputan un dedo (Dios no lo quiera)?
También hay un enfoque ético-moral en esta pregunta del ser. “Eres los valores que te mueven” dirán algunos.
Resulta muy interesante la entrevista que le hace Eduardo Punset a James Fawler (http://www.rtve.es/television/20110403/poder-redes-sociales/421888.shtml). Este científico dice que ha demostrado que un cambio que ocurra en la vida de una persona (dejar de fumar, adelgazar…) tiene influencia sobre los contactos directos de su red social y, lo más curioso, también sobre las personas de las redes sociales que no son contactos directos sino contactos de contactos. Si esto es verdad se habría demostrado que los actos individuales pueden cambiar el mundo. Si esto es verdad no se sostendrían comportamientos indecentes con la excusa de “lo hace todo el mundo”. Cada cual es responsable de sus actos y la transcendencia de los mismos escapa, para bien y para mal, de nuestro control y se esparce como una mancha de aceite por no sabemos dónde….
Hay quien lleva este tipo de experimentos a la idea de una conciencia colectiva que explicaría que descubrimientos como el fuego o la escritura aparecieran simultáneamente en lugares de la Tierra muy alejados entre sí por lo que no podría haber una transmisión directa de información. Las conciencias individuales forman parte de una conciencia global que es más que la suma de las individuales defienden algunos. En esta línea va la curiosa teoría del centésimo mono también.
Pero volviendo a mi pregunta ¿Quién soy yo si mis actos están influyendo en los demás (incluso en quienes no conozco)? ¿Quién soy yo si los actos de personas a las que no conozco están influyendo sobre mi? ¿Soy distinto de los demás? ¿Mi individualidad es real o es una especie de “ilusión” que percibo por los sentidos y que igual que la ilusión del geocentrismo cayó en su día por obra y gracia de Copérnico y “sus compinches” caerá más tarde o más temprano por obra y gracia de gente como James Fawler?
Entonces ¿Soy el activista de Amnistía Internacional defensor de los Derechos Humanos o el que se beneficia del comercio de armas con mi estatus de vida en país “desarrollado”?
¿Soy el padre generoso dispuesto a sacrificios por el bien de mis hijas o el egocéntrico cinéfilo que exige silencio cuando ve una película que le interesa?
¿Soy el ciudadano civilizado que usa el transporte público o la bici o el comodón conductor que se salta un semáforo porque hace calor?
¿Soy el profe comprometido con su profesión que busca la mejora continua o el trabajador cansado que mira hacia otro lado donde hay problemas?
Soy todo y nada simultáneamente.
Por eso no hay mejor receta para crecer que preguntarse - ¿Quién soy yo?- Y preguntárselo sin ánimo analítico, sin interés en la respuesta y sí con la certeza de que esa pregunta por sí sola es la más revolucionaria que podemos hacernos porque abre la puerta de una existencia plena.


Mi segunda selectividad

Mi segunda selectividad:


27 años después he vuelto a la selectividad o la selectividad ha vuelto a mi. ¿Quién sabe?
El escenario de la facultad de Química de Sevilla se convirtió por arte de magia en la Escuela de Ingeniería de Telecomunicaciones de Málaga. Y el joven protagonista de aquel 20 de junio de 1986 ahora es un actor secundario con más canas y más barriga, menos dientes y oído, pero también con más serenidad y madurez y sobre todo, con las mismas ganas de afrontar la vida con pasión, de aceptar la realidad y tratarla con cariño y así, “comerse el mundo”.
Algunas cosas no han cambiado tanto: los nervios me trastocaron el sueño la noche del 19 y la tensión aumentaba desde que, antes de amanecer, mis niveles de melatonina empezaron a disminuir y la posibilidad de recuperar el sueño se esfumó.
No era yo quien se examinaba y sin embargo, mi cerebro (ese órgano misterioso que consume el 20% de la energía de nuestro organismo, cuya actividad sólo se diferencia en un sospechoso 5% entre los momentos de sueño y de vigilia y que se pasa la vida produciendo pensamientos aunque no se los pidamos….) se comportó como el del Nacho del 86: atacándome con pensamientos negativos, poniéndome en lo peor, imaginando situaciones complicadas como que algún alumno tuviera un accidente por el camino o que otra se quedara en blanco…
Pero el Nacho del 13 ha aprendido a acallar al cerebro, a ignorarlo cuando produce negatividad, a reírse de él y, desde luego lo más importante, a no identificarse con sus pensamientos. (Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos, soy más que ellos, están aquí, pero no son yo…)
También me tranquilizaba recordar el año de trabajo de Biología, las clases, las prácticas, la sorpresa de los churros (de tubulina of course) las conversaciones… El actor secundario se relaja cuando los protagonistas son gente sensata, madura, cuando se saben el papel y “saben interpretarlo”.
–Pero pueden ponerse nerviosos-me recuerda el cerebro puñetero
-Pero saben controlarlo- le respondo yo con vehemencia.
- ¿Y por qué te importan tanto si tú ya has cumplido?- me vuelve a atacar el cerebro.
- ¡Qué insensible eres!-le respondo desde las tripas- Me importan tanto porque hemos sufrido mucho juntos este año de biología y el sufrimiento compartido une más que el pegamento. (con esta respuesta dejo al cerebro patidifuso, parece que se da cuenta de que mis sentimientos no dependen de él, que no puede controlarlos… Pero lo intentará de nuevo, seguro).
Y es verdad que el éxito individual nos hace egocéntricos y el sufrimiento compartido nos hermana. Por eso es preferible sufrir con otros que triunfar solo….
También el cerebro, tan caprichoso, me trajo esa mañana una canción de Silvio Rodríguez que escuchaba el Nacho del 86 . (debes amar el tiempo de los intentos, debes amar su arena hasta la locura y si no no pretendas tocar lo cierto, sólo el amor convierte en milagro el barro, sólo el amor consigue encender lo muerto. Debes amar la arcilla que va en tus manos, debes amar la hora que nunca brilla y si no no pretendas tocar lo cierto, sólo el amor engendra la maravilla…)
Dicen los científicos que la función de la memoria no es tanto recordar y que, de hecho, se recuerdan muy pocas cosas. La función de la memoria, dicen, es darle coherencia a esos pocos recuerdos aunque para ello el cerebro se inventa las partes necesarias que le dan continuidad y sentido a los retazos de realidad que llamamos recuerdos y que, por tanto, gran parte de los mismos son “inventados”. Pasa algo parecido a esos trozos de ADN que no codifican proteínas (no son recuerdos reales), pero son necesarios en el proceso (para que las proteínas formadas sean eficaces, coherentes…)
Mi memoria, tan mala para recordar palabrotas concretas como nucleosoma o esfingosina, me trajo esa mañana una canción, una brisa de aire fresco, un sentimiento de empezar una nueva etapa, un creer que se tiene la vida por delante (aunque seguramente ya haya superado buena parte del camino…). Mi memoria me trajo la mañana del 20 de junio del 86 y, de pronto, me sentí joven.
Este es uno de los privilegios que experimento con mi profesión. Estar con gente joven me contagia, me hace joven también y me hace reconocer una verdad muy profunda como es que no es lo mismo el tiempo “cronológico” (el de los calendarios, las canas y las hojas que caen en otoño) que el tiempo “existencial” que siempre está, estuvo y estará y que sólo hay que saber llamarlo para que acuda a la conciencia en forma de canción, de sonrisa, de olor, de copa de vino compartida, de literatura, de música, de naturaleza, de trabajo hortelano, de cine, de sesión de yoga, de silencio… de tantos regalos que nos da la Vida a quienes apostamos por ella cada momento.
Al llegar al patio de la facultad de Ingeniería empecé a reconocer las caras de mis alumnos/as, sus gestos tensos, su nerviosismo... Al verles recordaba momentos del año que hemos compartido y sentí que, como de una fuente brota el agua, salía de mi un aliento de serenidad, de confianza, de seguridad…
Marina Ubal, Christian y Álvaro Ríos repasaban juntos en un rincón preguntándose si habría algo de biotecnología.
- ¿Tu crees que entrará algo?- Y yo que soy mal adivino les digo que, si es por probabilidad, no debería entrar, pero…
Antonio (Tony) brincaba como el conejo blanco de Alicia por el patio entre la alegría de lo fácil que había sido la física y la angustia de la biología que quedaba por llegar. “¡Me voy hacer la apoptosis!” decía.
Pilar (Pili) se enredaba con un hilo de cromatina y me pedía auxilio para ver en qué momento se duplicaría ese trozo malvado de ADN en el caso de que fuera una la célula haploide o diploide y si la cosa era meiosis o mitosis.
Laura y Alejandro discutían si la transcripción empezaba en el extremo 3 o en el 5 y trataban de desenmascarar al malvado Okazaki que se escondía tras la desoxirribosa.
Pablo, el sombrerero, se reía de su sombra dedicándose con entusiasmo a la glucosa de la piruleta de corazón.
Mª del Mar buscaba alguna bióloga alta, guapa y morena (como ella) para presentarse al examen a cambio de tres pegatinas chulísimas. Sólo se le ofreció un químico barbudo y tuvo que presentarse ella misma con la ayuda de un “Vale por un 10” y una piruleta.
Coral soñaba con que le pusieran algún dibujo de esos que hace con tanto arte y las Paulas luchaban por salir de sus malos rollos con las integrales (Vázquez) y con la química (Ruz) con una sonrisa y un plus de confianza. ¡Siempre se puede!- les gritaba yo telepáticamente.
Marina Vázquez repasaba y repasaba y preguntaba y preguntaba como si fuera una enzima ADN polimerasa que no permite una mutación cuando tricota las cadenas de ADN.
Y Gloria aconsejaba que si preguntan por un enlace, ante la duda, ponemos que es un éster y va que chuta ¡Viva el pensamiento científico y la racionalidad!.
José Antonio a lo suyo, que si el twitter, que si el Pans and Company…
Irene me presentó, de broma, a su padre a quien conozco desde hace ¿10 años?. ¡Genial!
Álvaro Gaviña se iba a su casa. Había terminado. La biología no iba con él. Relajación…
Algunos/as llevaban sus “Vale por un 10 en selectividad” que yo les había entregado en las clases de repaso advirtiéndoles que, aunque tuvieran el vale, debían escribir algo para que no se notara mucho el privilegio…
Otros actores pasaban por el escenario envueltos en mares de dudas, buscando respuestas en el aire (the answer, my friend, is blowing in the wind), repitiendo salmodias indescifrables o invocando a los dioses a que se presentaran en forma de linfocito B en el momento preciso.
Así los vi yo aquella mañana. Como Alicia al otro lado del espejo que ve un gato que, como el bosón de Higs, aparece y desaparece, y que habla o una oruga que fuma me pareció vivir un momento mágico en el que la biología se apoderaba de ellos/as y los convertía en “Alicias” a punto de cruzar al otro lado del espejo. Como Alicia buscaba el camino de vuelta a casa, estos “Alicias” buscaban la décima mágica, la palabra apropiada que abra la puerta de sus sueños (medicina, enfermería, fisioterapia…) y como Alicia, que dudaba qué llave abriría la puerta que le llevaría de vuelta a su casa o qué galleta le daría el tamaño que necesitaba, dudan y dudan y vuelven a dudar como los peces en el río que beben y beben y vuelven a beber.
Como Alicia, ellas/os saben que la “Reina de Corazones” está loca de atar, que celebrar el no-cumpleaños tiene sus ventajas y sus inconvenientes y que hay cosas que no pueden existir aunque uno las vea… Pero como Alicia están dispuestos/as a cruzar el espejo (la puerta del aula 207 o 208 de Telecomunicaciones) y elegir la galleta adecuada y la llave correcta que les lleve de vuelta a (su) casa pasando por unos años (felices) en la Universidad.
Ojalá se cumplan sus sueños, ojalá esos sueños les hagan felices, ojalá si no se cumplen sus sueños comprendan que la realidad que les toque vivir puede ser un sueño si la viven con cariño… Eso me quedo pensando mientras cruzan al otro lado del espejo (aula)
Cuando me dan una copia del examen me vuelven las preocupaciones ¿Verán en la gráfica la endocitosis y la fagocitosis? ¿Relacionarán la tubulina con el huso mitótico y la continua división celular en las células cancerígenas? ¿Se acordarán que las mitocondrias y los cloroplastos tienen ribosomas como nos enseñó la gran Margulis en su endosimbiosis?...
Y empiezan a salir: alegría, sonrisas, abrazos, preguntas, tranquilidad, revisiones, gritos histéricos, chasco por algún error, cálculos a ver qué se sacará…
Se me aflojan las piernas, desaparece la tensión. Doy gracias a la Vida que me permite vivir este momento. Es otro de los privilegios de esta profesión. Uno puede, en determinados momentos, vivir la vida de los otros, compartir sus momentos, alegrarse y entristecerse con otros y aprender, siempre aprender. Uno puede vivir varias vidas, acompañarlas, reflejarlas como el agua de un río y, como el agua de un río, dejarlas ir al final de curso.
Cada curso vivir intensamente el encuentro con personas que buscan, que crecen, que aman, que se desorientan y se vuelven a encontrar y cada curso dejarlas ir por el camino de la vida con libertad, con humildad, con gratitud… (A veces, es justo reconocerlo, está uno deseando que se vayan por el camino de la vida o por donde sea)
Hay otros mundos, pero están en este.
La gente se va dispersando. Pasemos página.
Llevo a Gloria de vuelta a casa. Hablamos mucho. Señal de que necesitamos descargar nervios. Hablamos de tu a tu, el profes y la alumna murieron, ahora somos otra cosa, indefinible todavía. La he visto crecer.
Vuelvo al cole y con los profes charlamos de cómo ha ido, de cómo lo ha hecho cada cual, de las posibilidades que tiene cada uno/a y de lo que supone para el profesorado este “ser examinado” con los alumnos/as, este ser uno mismo y, de alguna forma, ser cada uno de los alumnos/as porque todos/as (incluyendo a quienes han quedado en el camino) caben en el corazón.
Y este es otro privilegio de esta profesión. El corazón se te va ensanchando, vas comprendiendo que “visto de cerca nadie es normal”, vas aceptando, a veces con esfuerzo y malos ratos, que las cosas no son como tu quieres, pero que debes querer las cosas como son. Vas reconociendo tus propias limitaciones y miserias y eso te hace más hermano de los demás y más libre y más persona.
Como, además es mi cumpleaños, en casa “mis mujeres” me han preparado algunas sorpresitas, tomamos tarta helada de postre, me dan regalitos, “me cantan cumpleaños feliz” y me dicen cositas tiernas de esas que ablandan los corazones. Cuando estamos a punto de “empezar a vomitar arco iris” hablamos de lo cotidiano, organizamos la tarde, las tareas domésticas, y nos contamos cómo nos fue la mañana. El Nacho del 86 se asoma por la puerta sorprendido y maravillado de esta familia del Nacho del 13, y me da la enhorabuena, se alegra conmigo y me recuerda cómo era mi familia de entonces y se alegra de que la Vida me haya regalado estas compañeras de camino. El Nacho del 13 le responde que también ellas han colaborado colateralmente de mi “esfuerzo biológico” de este curso y, como un caballero andante, las beso en la mano de una en una, con todo el ceremonial que la situación merece.
El día transcurre con sus tareas domésticas, concierto de Ana en el conservatorio, partido de futbol en la tele, algunas llamadas, “guasas” y twitts cariñosos… que me mantienen arriba de la ola.

Cuando me voy a acostar el Nacho del 86 entra en el dormitorio, me masajea los pies, me acurruca en la cama, me da un besito de buenas noches y se marcha. Entre el sueño y la vigilia (la melatonina empieza a actuar) le veo marcharse por la ventana. No va solo, le acompañan en procesión Alicia y el retículo endoplasmático, un lactobacilus y el sombrerero, la Reina de Corazones con las cabezas cortadas de los fosfolípidos, Calvin y el conejo blanco, la oruga que fuma y un cloroplasto absorbiendo CO2 , la oveja Dolly y el gato que habla, un retrovirus y Lynn Margulis, las cadenas de ADN y Okazaki… y si agudizo el oído escucho cómo van cantando aquella canción de Silvio Rodríguez que tanto gustaba al Nacho del 86: “ ..Soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad…”