El aire sin dueño
No sé en qué momento apareció esta frase en mi cabeza ni porqué
se me repite con tanta insistencia. El aire sin dueño, el aire sin
dueño….
Tal vez fue en la subida nocturna a la Maroma aprovechando la Luna
llena de julio. En nuestro camino de subida y de bajada nos cruzamos
con algunas cabras montesas que hacían su recorrido diario. En ese
momento en que me faltaba el resuello por lo largo, escarpado y
pedregoso del camino (y por mi mala forma física) alguna de ellas me
miró fijamente y en esa mirada me transmitió esta cosa misteriosa
de que el aire no tiene dueño como diciéndome “respira sin miedo,
humano, que nadie te va a cobrar, que el aire es tan tuyo como mío,
pedazo de humano, que entre nosotros no cuenta la propiedad sino el
usufructo”. (era, eso sí, una cabra muy culta, con conocimientos
de arquitectura financiera al nivel de Christine Lagarde, por lo
menos. Ahora que lo pienso, aquella cabra me recordaba un poco a la
Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional, físicamente
claro)
Claro que también es posible que quien se dirigió
telepáticamente a mi aquella noche de julio no fuera una cabra, que,
por otro lado tienen fama de necias, sino un fauno y que yo lo
confundiera en la oscuridad de la noche, con una simple cabra
montesa. Efectivamente, en este caso, el fauno que, como oráculo,
se me presentó aquella noche era un dios mitológico de los que se
presentan en arboledas sagradas (como los Tejos de la Maroma) para
dar respuesta a mis preguntas mediante voces sobrenaturales o sueños.
Aquel fauno, dios de la agricultura y del ganado y lascivo como él
solo me transmitió algo tan simple y tan conmovedor como que el aire
no tiene dueño.
Y
así pasan los días y voy recibiendo, en mi conciencia, algunas
visitas interesantes.
Primero
se acercó el gran Jefe Seattle de la tribu de los Swaminsh, que ya
en 1854 rechazó una tentadora oferta por la Tierras que ocupaba con
su gente por parte del Presidente de EEUU, Pierce Franklin.
(http://aumartin.webs.ull.es/Carta%20del%20Gran%20Jefe%20Seattle.pdf)
Y
va el Jefe Seattle y me dice- ¡oye
Nacho! Que yo he visto muchas cosas y que ya le dije yo al Jefe de
los Hombres Blancos que las cosas de la naturaleza no se pueden
comprar ni vender porque no tienen dueño.
-Ya,
Jefe Seattle, pero si vieras lo que han cambiado las cosas. Resulta
que ahora tenemos un sistema económico-político que consiste en que
todo puede ser comprado y vendido y que cuando algo “se pone en
valor” eso significa que alguien ganará (normalmente poca gente) y
alguien perderá (normalmente más gente).
-¡Anda
ya! ¿Eso cómo va a ser?-
Me dice el pobre Seattle mientras se les caían todas las plumas del
sombrajo.
-Como
lo oyes. Si te contara que hoy día hay empresas que se hacen dueñas
de determinadas semillas y eso les permite cobrar a quienes las usen
para plantar sus cultivos-
Y le muestro esta página web para que me crea
(http://www.monsanto.com/global/es/noticias-y-opiniones/pages/porque-monsanto-demanda-a-agricultores-que-reutilizan-las-semillas.aspx)
Al
pobre Jefe Seattle se le iba cambiando la cara. Ya más que un “piel
roja” se iba pareciendo a un “rostro pálido” si no fuera por
las pinturas de guerra que llevaba encima.
A
esto que Antonio Machado, el poeta, que estaba sentado en una butaca
a la sombra de una sabina junto al río Duero, se une a la
conversación y nos dice, muy serio él, - pues
yo lo veía venir y ya escribí que “sólo el necio, confunde valor
y precio”
Lógicamente
hice las oportunas presentaciones ya que el indio y el poeta no se
conocían de nada y debo decir que creo que se cayeron muy bien
mutuamente. Los dos tan serios y espartanos, tan coherentes y
formales, tan sobrios y transcendentes… Si los dejo un rato más
terminan juntos cazando búfalos por los campos de Castilla…
-Pues
cuando les cuente lo último se van a caer de espaldas-
les digo yo con un puntito de recochineo, como queriendo disfrutar de
un golpe bajo a tan eminentes compañeros de ensoñación.
-Resulta
que en estos días el gobierno de España ha creado un “peaje de
respaldo” que significa que si uno se produce su propia energía
usando el sol o el viento tiene que pagar al gobierno una cantidad
(https://unete.partidoequo.es/firmas/autoconsumo/)
-¡Anda
ya!- Salta
D. Antonio de su butaca- Ni
que el sol o el aire fueran propiedad del gobierno.
-¿A
quién hay que cortar la cabellera?-
grita el Jefe Seattle preparando su hacha “de mano”.
Yo
los veo tan excitados que les planteo que nos tomemos las cosas con
calma mientras les cuento cómo veo yo el asunto. Finalmente el jefe
indio prepara una pipa (no sé si de la paz o de la guerra) y D.
Antonio se vuelve a su butaca.
Y mientras mis dos interlocutores se van disolviendo en mi
conciencia entra en escena Henry David Thoureau y me recuerda que
él en 1854 publicó Walden, como relato de su experiencia de vida
autosuficiente en la naturaleza y como llamada de atención a un
modelo social que se imponía ya entonces dispuesto a crecer “contra
la naturaleza” y cómo trató de resistir a la guerra contra México
y la esclavitud en EEUU negándose a pagar impuestos. No me da tiempo
a compadecerme de él porque sus esfuerzos e ideas no parece que
hayan cuajado mucho entre nosotros cuando aparece el mismísimo
Ghandi y me recuerda la marcha por la sal, aquel recorrido de 300km
con el que el movimiento noviolento por la independencia de la India
pretendía poner de manifiesto la absurda prohibición de obtención
de la sal del imperio británico que mantenía el monopolio de su
explotación. El 6 de abril de 1930 Ghandi y sus compañeros/as cogía
un poco de sal del Océano Índico. Era un gesto simbólico para
lanzar una pregunta vergonzante: ¿Cómo era posible que el pueblo
indio no se beneficiara de un bien natural que estaba a su alcance
por esa cosa del monopolio de su extracción?
Despido a mis ilustres amigos con un mohín y un encogimiento de
hombros como diciéndoles –reconozco que es un sistema rarito
este que tenemos y que no hemos progresado mucho… y me quedo
con mi fauno al que le cuento que hay aires que más que dueños
tienen usuarios que, además lo devuelven al medio “mejorado”
como el aire que llena el odre o fol de una gaita que es devuelto
como música o el que llena una colchoneta que producirá bienestar a
quien dormite o navegue sobre él.
También hay aires con dueños “más exclusivos”. En este
grupo están las colonias que usan algunas personas que se apoderan
de algunos metros cúbicos de aire como si fueran las cornetas que
anticipan la llegada de un rey medieval, o el aire perfumado de
algunos ambientadores que hacen que las casas y coches se vuelvan
espacios reconocibles e identificables con anuncios de TV. Está
también el aire acondicionado de los cines, centros comerciales y
tiendas, siempre demasiado fuertes, siempre dando más frío del
necesario como queriendo hacer ostentación de la riqueza, aquí hay
de sobra, aquí no hay miserias- parecen decirme esos aires…
El fauno me mira con aire de incomprensión. No entiende nada, el
pobre, por muy dios mitológico que sea….
Pero desde luego ninguno de estos aires tiene que ver con el
limpio aire de la Maroma, que te devuelve la vida en cada inspiración
con ese suave recuerdo de los pinos y del romero, lejos de la
voluptuosidad abusiva del ambientador y, más bien, como el recuerdo
agradecido de esos seres fotosintéticos que renuevan el oxígeno que
necesitan nuestros atribulados músculos tras tantas horas de
caminata.
Y ninguno de estos aires artificializados tiene que ver con el
aire del mediterráneo que riza la superficie del mar para
recordarnos que en cada gota de mar está todo el mar, en cada ola
todas las gotas y en cada mar todas las olas… Ese aire del
mediterráneo que te regala la sal que lo británicos prohibían a
los indios, sal que sala, luz que brilla…
Y ninguno de esos aires domesticados tiene que ver con el que se
inspira y se espira en cada pranayama . El aire, en estos ejercicios,
te nutre y te riega, te aporta lo que necesitas y se lleva lo que te
sobra, te quita lo que te estorba aunque tu mismo ignoras qué te
estorba y cómo te lo quita….
Y ninguno de estos aires, seguro, se parece a la primera
inspiración, aquella que cuando salimos del cuerpo de nuestra madre,
hace que el aporte de oxígeno nos venga del aire y no del cordón
umbilical, aquella que nos hace independientes, que nos hace libres…
El fauno se ha quedado dormido, su respiración es lenta y
pausada, el aire al entrar por su hocico abre las aletillas en una
vibración rítmica y suave que parece repetir como un mantra:
El aire sin dueño
El aire sin dueño
Sólo el necio
Confunde valor y precio
La vida es sueño
El aire sin dueño
El aire sin dueño

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