domingo, 1 de septiembre de 2013

El aire sin dueño

El aire sin dueño
No sé en qué momento apareció esta frase en mi cabeza ni porqué se me repite con tanta insistencia. El aire sin dueño, el aire sin dueño….
Tal vez fue en la subida nocturna a la Maroma aprovechando la Luna llena de julio. En nuestro camino de subida y de bajada nos cruzamos con algunas cabras montesas que hacían su recorrido diario. En ese momento en que me faltaba el resuello por lo largo, escarpado y pedregoso del camino (y por mi mala forma física) alguna de ellas me miró fijamente y en esa mirada me transmitió esta cosa misteriosa de que el aire no tiene dueño como diciéndome “respira sin miedo, humano, que nadie te va a cobrar, que el aire es tan tuyo como mío, pedazo de humano, que entre nosotros no cuenta la propiedad sino el usufructo”. (era, eso sí, una cabra muy culta, con conocimientos de arquitectura financiera al nivel de Christine Lagarde, por lo menos. Ahora que lo pienso, aquella cabra me recordaba un poco a la Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional, físicamente claro)
Claro que también es posible que quien se dirigió telepáticamente a mi aquella noche de julio no fuera una cabra, que, por otro lado tienen fama de necias, sino un fauno y que yo lo confundiera en la oscuridad de la noche, con una simple cabra montesa. Efectivamente, en este caso, el fauno que, como oráculo, se me presentó aquella noche era un dios mitológico de los que se presentan en arboledas sagradas (como los Tejos de la Maroma) para dar respuesta a mis preguntas mediante voces sobrenaturales o sueños. Aquel fauno, dios de la agricultura y del ganado y lascivo como él solo me transmitió algo tan simple y tan conmovedor como que el aire no tiene dueño.
Y así pasan los días y voy recibiendo, en mi conciencia, algunas visitas interesantes.


Primero se acercó el gran Jefe Seattle de la tribu de los Swaminsh, que ya en 1854 rechazó una tentadora oferta por la Tierras que ocupaba con su gente por parte del Presidente de EEUU, Pierce Franklin. (http://aumartin.webs.ull.es/Carta%20del%20Gran%20Jefe%20Seattle.pdf)
Y va el Jefe Seattle y me dice- ¡oye Nacho! Que yo he visto muchas cosas y que ya le dije yo al Jefe de los Hombres Blancos que las cosas de la naturaleza no se pueden comprar ni vender porque no tienen dueño.
-Ya, Jefe Seattle, pero si vieras lo que han cambiado las cosas. Resulta que ahora tenemos un sistema económico-político que consiste en que todo puede ser comprado y vendido y que cuando algo “se pone en valor” eso significa que alguien ganará (normalmente poca gente) y alguien perderá (normalmente más gente).
-¡Anda ya! ¿Eso cómo va a ser?- Me dice el pobre Seattle mientras se les caían todas las plumas del sombrajo.
-Como lo oyes. Si te contara que hoy día hay empresas que se hacen dueñas de determinadas semillas y eso les permite cobrar a quienes las usen para plantar sus cultivos- Y le muestro esta página web para que me crea (http://www.monsanto.com/global/es/noticias-y-opiniones/pages/porque-monsanto-demanda-a-agricultores-que-reutilizan-las-semillas.aspx)


Al pobre Jefe Seattle se le iba cambiando la cara. Ya más que un “piel roja” se iba pareciendo a un “rostro pálido” si no fuera por las pinturas de guerra que llevaba encima.


A esto que Antonio Machado, el poeta, que estaba sentado en una butaca a la sombra de una sabina junto al río Duero, se une a la conversación y nos dice, muy serio él, - pues yo lo veía venir y ya escribí que “sólo el necio, confunde valor y precio”


Lógicamente hice las oportunas presentaciones ya que el indio y el poeta no se conocían de nada y debo decir que creo que se cayeron muy bien mutuamente. Los dos tan serios y espartanos, tan coherentes y formales, tan sobrios y transcendentes… Si los dejo un rato más terminan juntos cazando búfalos por los campos de Castilla…


-Pues cuando les cuente lo último se van a caer de espaldas- les digo yo con un puntito de recochineo, como queriendo disfrutar de un golpe bajo a tan eminentes compañeros de ensoñación.
-Resulta que en estos días el gobierno de España ha creado un “peaje de respaldo” que significa que si uno se produce su propia energía usando el sol o el viento tiene que pagar al gobierno una cantidad (https://unete.partidoequo.es/firmas/autoconsumo/)
-¡Anda ya!- Salta D. Antonio de su butaca- Ni que el sol o el aire fueran propiedad del gobierno.
-¿A quién hay que cortar la cabellera?- grita el Jefe Seattle preparando su hacha “de mano”.
Yo los veo tan excitados que les planteo que nos tomemos las cosas con calma mientras les cuento cómo veo yo el asunto. Finalmente el jefe indio prepara una pipa (no sé si de la paz o de la guerra) y D. Antonio se vuelve a su butaca.


Y mientras mis dos interlocutores se van disolviendo en mi conciencia entra en escena Henry David Thoureau y me recuerda que él en 1854 publicó Walden, como relato de su experiencia de vida autosuficiente en la naturaleza y como llamada de atención a un modelo social que se imponía ya entonces dispuesto a crecer “contra la naturaleza” y cómo trató de resistir a la guerra contra México y la esclavitud en EEUU negándose a pagar impuestos. No me da tiempo a compadecerme de él porque sus esfuerzos e ideas no parece que hayan cuajado mucho entre nosotros cuando aparece el mismísimo Ghandi y me recuerda la marcha por la sal, aquel recorrido de 300km con el que el movimiento noviolento por la independencia de la India pretendía poner de manifiesto la absurda prohibición de obtención de la sal del imperio británico que mantenía el monopolio de su explotación. El 6 de abril de 1930 Ghandi y sus compañeros/as cogía un poco de sal del Océano Índico. Era un gesto simbólico para lanzar una pregunta vergonzante: ¿Cómo era posible que el pueblo indio no se beneficiara de un bien natural que estaba a su alcance por esa cosa del monopolio de su extracción?
Despido a mis ilustres amigos con un mohín y un encogimiento de hombros como diciéndoles –reconozco que es un sistema rarito este que tenemos y que no hemos progresado mucho… y me quedo con mi fauno al que le cuento que hay aires que más que dueños tienen usuarios que, además lo devuelven al medio “mejorado” como el aire que llena el odre o fol de una gaita que es devuelto como música o el que llena una colchoneta que producirá bienestar a quien dormite o navegue sobre él.
También hay aires con dueños “más exclusivos”. En este grupo están las colonias que usan algunas personas que se apoderan de algunos metros cúbicos de aire como si fueran las cornetas que anticipan la llegada de un rey medieval, o el aire perfumado de algunos ambientadores que hacen que las casas y coches se vuelvan espacios reconocibles e identificables con anuncios de TV. Está también el aire acondicionado de los cines, centros comerciales y tiendas, siempre demasiado fuertes, siempre dando más frío del necesario como queriendo hacer ostentación de la riqueza, aquí hay de sobra, aquí no hay miserias- parecen decirme esos aires…
El fauno me mira con aire de incomprensión. No entiende nada, el pobre, por muy dios mitológico que sea….
Pero desde luego ninguno de estos aires tiene que ver con el limpio aire de la Maroma, que te devuelve la vida en cada inspiración con ese suave recuerdo de los pinos y del romero, lejos de la voluptuosidad abusiva del ambientador y, más bien, como el recuerdo agradecido de esos seres fotosintéticos que renuevan el oxígeno que necesitan nuestros atribulados músculos tras tantas horas de caminata.
Y ninguno de estos aires artificializados tiene que ver con el aire del mediterráneo que riza la superficie del mar para recordarnos que en cada gota de mar está todo el mar, en cada ola todas las gotas y en cada mar todas las olas… Ese aire del mediterráneo que te regala la sal que lo británicos prohibían a los indios, sal que sala, luz que brilla…
Y ninguno de esos aires domesticados tiene que ver con el que se inspira y se espira en cada pranayama . El aire, en estos ejercicios, te nutre y te riega, te aporta lo que necesitas y se lleva lo que te sobra, te quita lo que te estorba aunque tu mismo ignoras qué te estorba y cómo te lo quita….
Y ninguno de estos aires, seguro, se parece a la primera inspiración, aquella que cuando salimos del cuerpo de nuestra madre, hace que el aporte de oxígeno nos venga del aire y no del cordón umbilical, aquella que nos hace independientes, que nos hace libres…
El fauno se ha quedado dormido, su respiración es lenta y pausada, el aire al entrar por su hocico abre las aletillas en una vibración rítmica y suave que parece repetir como un mantra:
El aire sin dueño
El aire sin dueño
Sólo el necio
Confunde valor y precio
La vida es sueño
El aire sin dueño

El aire sin dueño

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