Mi segunda selectividad:
27 años después he vuelto a la selectividad o la selectividad
ha vuelto a mi. ¿Quién sabe?
El escenario de la facultad de Química de Sevilla se convirtió
por arte de magia en la Escuela de Ingeniería de Telecomunicaciones
de Málaga. Y el joven protagonista de aquel 20 de junio de 1986
ahora es un actor secundario con más canas y más barriga, menos
dientes y oído, pero también con más serenidad y madurez y sobre
todo, con las mismas ganas de afrontar la vida con pasión, de
aceptar la realidad y tratarla con cariño y así, “comerse el
mundo”.
Algunas cosas no han cambiado tanto: los nervios me trastocaron el
sueño la noche del 19 y la tensión aumentaba desde que, antes de
amanecer, mis niveles de melatonina empezaron a disminuir y la
posibilidad de recuperar el sueño se esfumó.
No era yo quien se examinaba y sin embargo, mi cerebro (ese órgano
misterioso que consume el 20% de la energía de nuestro organismo,
cuya actividad sólo se diferencia en un sospechoso 5% entre los
momentos de sueño y de vigilia y que se pasa la vida produciendo
pensamientos aunque no se los pidamos….) se comportó como el del
Nacho del 86: atacándome con pensamientos negativos, poniéndome en
lo peor, imaginando situaciones complicadas como que algún alumno
tuviera un accidente por el camino o que otra se quedara en blanco…
Pero el Nacho del 13 ha aprendido a acallar al cerebro, a
ignorarlo cuando produce negatividad, a reírse de él y, desde luego
lo más importante, a no identificarse con sus pensamientos. (Tengo
pensamientos, pero no soy mis pensamientos, soy más que ellos, están
aquí, pero no son yo…)
También me tranquilizaba recordar el año de trabajo de Biología,
las clases, las prácticas, la sorpresa de los churros (de tubulina
of course) las conversaciones… El actor secundario se relaja cuando
los protagonistas son gente sensata, madura, cuando se saben el papel
y “saben interpretarlo”.
–Pero pueden ponerse nerviosos-me recuerda el cerebro puñetero
-Pero saben controlarlo- le respondo yo con vehemencia.
- ¿Y por qué te importan tanto si tú ya has cumplido?- me
vuelve a atacar el cerebro.
- ¡Qué insensible eres!-le respondo desde las tripas- Me
importan tanto porque hemos sufrido mucho juntos este año de
biología y el sufrimiento compartido une más que el pegamento. (con
esta respuesta dejo al cerebro patidifuso, parece que se da cuenta de
que mis sentimientos no dependen de él, que no puede controlarlos…
Pero lo intentará de nuevo, seguro).
Y es verdad que el éxito individual nos hace egocéntricos y el
sufrimiento compartido nos hermana. Por eso es preferible sufrir
con otros que triunfar solo….
También el cerebro, tan caprichoso, me trajo esa mañana una
canción de Silvio Rodríguez que escuchaba el Nacho del 86 . (debes
amar el tiempo de los intentos, debes amar su arena hasta la locura y
si no no pretendas tocar lo cierto, sólo el amor convierte en
milagro el barro, sólo el amor consigue encender lo muerto. Debes
amar la arcilla que va en tus manos, debes amar la hora que nunca
brilla y si no no pretendas tocar lo cierto, sólo el amor engendra
la maravilla…)
Dicen los científicos que la función de la memoria no es tanto
recordar y que, de hecho, se recuerdan muy pocas cosas. La función
de la memoria, dicen, es darle coherencia a esos pocos recuerdos
aunque para ello el cerebro se inventa las partes necesarias que le
dan continuidad y sentido a los retazos de realidad que llamamos
recuerdos y que, por tanto, gran parte de los mismos son
“inventados”. Pasa algo parecido a esos trozos de ADN que no
codifican proteínas (no son recuerdos reales), pero son necesarios
en el proceso (para que las proteínas formadas sean eficaces,
coherentes…)
Mi memoria, tan mala para recordar palabrotas concretas como
nucleosoma o esfingosina, me trajo esa mañana una canción, una
brisa de aire fresco, un sentimiento de empezar una nueva etapa, un
creer que se tiene la vida por delante (aunque seguramente ya haya
superado buena parte del camino…). Mi memoria me trajo la mañana
del 20 de junio del 86 y, de pronto, me sentí joven.
Este es uno de los privilegios que experimento con mi profesión.
Estar con gente joven me contagia, me hace joven también y me hace
reconocer una verdad muy profunda como es que no es lo mismo el
tiempo “cronológico” (el de los calendarios, las canas y las
hojas que caen en otoño) que el tiempo “existencial” que siempre
está, estuvo y estará y que sólo hay que saber llamarlo para que
acuda a la conciencia en forma de canción, de sonrisa, de olor, de
copa de vino compartida, de literatura, de música, de naturaleza, de
trabajo hortelano, de cine, de sesión de yoga, de silencio… de
tantos regalos que nos da la Vida a quienes apostamos por ella cada
momento.
Al llegar al patio de la facultad de Ingeniería empecé a
reconocer las caras de mis alumnos/as, sus gestos tensos, su
nerviosismo... Al verles recordaba momentos del año que hemos
compartido y sentí que, como de una fuente brota el agua, salía de
mi un aliento de serenidad, de confianza, de seguridad…
Marina Ubal, Christian y Álvaro Ríos repasaban juntos en un
rincón preguntándose si habría algo de biotecnología.
- ¿Tu crees que entrará algo?- Y yo que soy mal adivino les digo
que, si es por probabilidad, no debería entrar, pero…
Antonio (Tony) brincaba como el conejo blanco de Alicia por el
patio entre la alegría de lo fácil que había sido la física y la
angustia de la biología que quedaba por llegar. “¡Me voy hacer la
apoptosis!” decía.
Pilar (Pili) se enredaba con un hilo de cromatina y me pedía
auxilio para ver en qué momento se duplicaría ese trozo malvado de
ADN en el caso de que fuera una la célula haploide o diploide y si
la cosa era meiosis o mitosis.
Laura y Alejandro discutían si la transcripción empezaba en el
extremo 3 o en el 5 y trataban de desenmascarar al malvado Okazaki
que se escondía tras la desoxirribosa.
Pablo, el sombrerero, se reía de su sombra dedicándose con
entusiasmo a la glucosa de la piruleta de corazón.
Mª del Mar buscaba alguna bióloga alta, guapa y morena (como
ella) para presentarse al examen a cambio de tres pegatinas
chulísimas. Sólo se le ofreció un químico barbudo y tuvo que
presentarse ella misma con la ayuda de un “Vale por un 10” y una
piruleta.
Coral soñaba con que le pusieran algún dibujo de esos que hace
con tanto arte y las Paulas luchaban por salir de sus malos rollos
con las integrales (Vázquez) y con la química (Ruz) con una sonrisa
y un plus de confianza. ¡Siempre se puede!- les gritaba yo
telepáticamente.
Marina Vázquez repasaba y repasaba y preguntaba y preguntaba como
si fuera una enzima ADN polimerasa que no permite una mutación
cuando tricota las cadenas de ADN.
Y Gloria aconsejaba que si preguntan por un enlace, ante la
duda, ponemos que es un éster y va que chuta ¡Viva el pensamiento
científico y la racionalidad!.
José Antonio a lo suyo, que si el twitter, que si el Pans and
Company…
Irene me presentó, de broma, a su padre a quien conozco desde
hace ¿10 años?. ¡Genial!
Álvaro Gaviña se iba a su casa. Había terminado. La biología
no iba con él. Relajación…
Algunos/as llevaban sus “Vale por un 10 en selectividad” que
yo les había entregado en las clases de repaso advirtiéndoles que,
aunque tuvieran el vale, debían escribir algo para que no se notara
mucho el privilegio…
Otros actores pasaban por el escenario envueltos en mares de
dudas, buscando respuestas en el aire (the answer, my friend, is
blowing in the wind), repitiendo salmodias indescifrables o
invocando a los dioses a que se presentaran en forma de linfocito B
en el momento preciso.
Así los vi yo aquella mañana. Como Alicia al otro lado del
espejo que ve un gato que, como el bosón de Higs, aparece y
desaparece, y que habla o una oruga que fuma me pareció vivir un
momento mágico en el que la biología se apoderaba de ellos/as y los
convertía en “Alicias” a punto de cruzar al otro lado del
espejo. Como Alicia buscaba el camino de vuelta a casa, estos
“Alicias” buscaban la décima mágica, la palabra apropiada que
abra la puerta de sus sueños (medicina, enfermería, fisioterapia…)
y como Alicia, que dudaba qué llave abriría la puerta que le
llevaría de vuelta a su casa o qué galleta le daría el tamaño que
necesitaba, dudan y dudan y vuelven a dudar como los peces en el río
que beben y beben y vuelven a beber.
Como Alicia, ellas/os saben que la “Reina de Corazones” está
loca de atar, que celebrar el no-cumpleaños tiene sus ventajas y sus
inconvenientes y que hay cosas que no pueden existir aunque uno las
vea… Pero como Alicia están dispuestos/as a cruzar el espejo (la
puerta del aula 207 o 208 de Telecomunicaciones) y elegir la galleta
adecuada y la llave correcta que les lleve de vuelta a (su) casa
pasando por unos años (felices) en la Universidad.
Ojalá se cumplan sus sueños, ojalá esos sueños les hagan
felices, ojalá si no se cumplen sus sueños comprendan que la
realidad que les toque vivir puede ser un sueño si la viven con
cariño… Eso me quedo pensando mientras cruzan al otro lado del
espejo (aula)
Cuando me dan una copia del examen me vuelven las preocupaciones
¿Verán en la gráfica la endocitosis y la fagocitosis?
¿Relacionarán la tubulina con el huso mitótico y la continua
división celular en las células cancerígenas? ¿Se acordarán que
las mitocondrias y los cloroplastos tienen ribosomas como nos enseñó
la gran Margulis en su endosimbiosis?...
Y empiezan a salir: alegría, sonrisas, abrazos, preguntas,
tranquilidad, revisiones, gritos histéricos, chasco por algún
error, cálculos a ver qué se sacará…
Se me aflojan las piernas, desaparece la tensión. Doy gracias a
la Vida que me permite vivir este momento. Es otro de los privilegios
de esta profesión. Uno puede, en determinados momentos, vivir la
vida de los otros, compartir sus momentos, alegrarse y entristecerse
con otros y aprender, siempre aprender. Uno puede vivir varias vidas,
acompañarlas, reflejarlas como el agua de un río y, como el agua de
un río, dejarlas ir al final de curso.
Cada curso vivir intensamente el encuentro con personas que
buscan, que crecen, que aman, que se desorientan y se vuelven a
encontrar y cada curso dejarlas ir por el camino de la vida con
libertad, con humildad, con gratitud… (A veces, es justo
reconocerlo, está uno deseando que se vayan por el camino de la vida
o por donde sea)
Hay otros mundos, pero están en este.
La gente se va dispersando. Pasemos página.
Llevo a Gloria de vuelta a casa. Hablamos mucho. Señal de que
necesitamos descargar nervios. Hablamos de tu a tu, el profes y la
alumna murieron, ahora somos otra cosa, indefinible todavía. La he
visto crecer.
Vuelvo al cole y con los profes charlamos de cómo ha ido, de cómo
lo ha hecho cada cual, de las posibilidades que tiene cada uno/a y de
lo que supone para el profesorado este “ser examinado” con los
alumnos/as, este ser uno mismo y, de alguna forma, ser cada uno de
los alumnos/as porque todos/as (incluyendo a quienes han quedado en
el camino) caben en el corazón.
Y este es otro privilegio de esta profesión. El corazón se te va
ensanchando, vas comprendiendo que “visto de cerca nadie es
normal”, vas aceptando, a veces con esfuerzo y malos ratos, que las
cosas no son como tu quieres, pero que debes querer las cosas como
son. Vas reconociendo tus propias limitaciones y miserias y eso te
hace más hermano de los demás y más libre y más persona.
Como, además es mi cumpleaños, en casa “mis mujeres” me han
preparado algunas sorpresitas, tomamos tarta helada de postre, me
dan regalitos, “me cantan cumpleaños feliz” y me dicen cositas
tiernas de esas que ablandan los corazones. Cuando estamos a punto de
“empezar a vomitar arco iris” hablamos de lo cotidiano,
organizamos la tarde, las tareas domésticas, y nos contamos cómo
nos fue la mañana. El Nacho del 86 se asoma por la puerta
sorprendido y maravillado de esta familia del Nacho del 13, y me da
la enhorabuena, se alegra conmigo y me recuerda cómo era mi familia
de entonces y se alegra de que la Vida me haya regalado estas
compañeras de camino. El Nacho del 13 le responde que también
ellas han colaborado colateralmente de mi “esfuerzo biológico”
de este curso y, como un caballero andante, las beso en la mano de
una en una, con todo el ceremonial que la situación merece.
El día transcurre con sus tareas domésticas, concierto de Ana
en el conservatorio, partido de futbol en la tele, algunas llamadas,
“guasas” y twitts cariñosos… que me mantienen arriba de la
ola.
Cuando me voy a acostar el Nacho del 86 entra en el dormitorio, me
masajea los pies, me acurruca en la cama, me da un besito de buenas
noches y se marcha. Entre el sueño y la vigilia (la melatonina
empieza a actuar) le veo marcharse por la ventana. No va solo, le
acompañan en procesión Alicia y el retículo endoplasmático, un
lactobacilus y el sombrerero, la Reina de Corazones con las cabezas
cortadas de los fosfolípidos, Calvin y el conejo blanco, la oruga
que fuma y un cloroplasto absorbiendo CO2 , la oveja Dolly
y el gato que habla, un retrovirus y Lynn Margulis, las cadenas de
ADN y Okazaki… y si agudizo el oído escucho cómo van cantando
aquella canción de Silvio Rodríguez que tanto gustaba al Nacho del
86: “ ..Soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen,
por este día, los muertos de mi felicidad…”

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