domingo, 1 de septiembre de 2013

¿Quién soy yo?

¿Quién soy yo?
Me lo pregunto muchas mañanas al mirarme al espejo. ¿Quién soy yo? Le pregunto al que me mira desde el otro lado, me concentro en sus pupilas con la idea ampliamente extendida (y verificada cuando te reencuentras con alguien a quien hace mucho tiempo que no ves) de que en la mirada se esconde el alma humana.
Más que mirar escruto su mirada y pauso mi respiración como en las películas de miedo y más que preguntar clavo mis palabras en el centro del ojo, atravieso con mi intención ese túnel secreto que es el nervio óptico por el que viajo en un nanorobot y aterrizo finalmente en el lóbulo occipital del cerebro que controla la visión. Desde allí, según esa idea del alma y la mirada, uno proyecta lo que es. Cuando llego hasta ahí el día transcurre con mayor plenitud.
Como ocurre con todas las preguntas fundamentales de la vida lo realmente interesante es la propia pregunta y no tanto la respuesta. Y son interesantes porque activan una nueva forma de percibir la realidad mientras estamos en “modo pregunta”. No interesa tanto lo que soy sino el mecanismo que se genera en mi conciencia cuando percibo que mi identidad no está tan clara, que mi identidad es algo difuso en el tiempo y en el espacio, que está siempre rehaciéndose y que más que ser alguien inmutable parece que “estoy siendo” en el transcurrir del tiempo… Aunque por otro lado algo (o alguien) me dice que sigo siendo yo.
De hecho cualquier respuesta que me diera el espejo se volvería falsa y anticuada en unos segundos, basta con tener los ojos cerrados un par de segundos y abrirlos de nuevo frente al espejo para recibir una respuesta distinta (si es que se recibe). O mirar levemente de reojo al rollo de papel higiénico para encontrar otra respuesta cuando vuelvo a concentrarme en la mirada del que me mira.
Por eso, en ocasiones repito la pregunta ¿quién soy yo? ante cosas diferentes a un espejo. A una alcachofa que recojo en el huerto, al botón “MUTE” del mando a distancia de la tele, o a la tortuga cuando le cambio el agua les pregunto concienzudamente por mi identidad sabiendo que recibiré la callada por respuesta. Una callada agradable que se vuelve silencio denso y tibio para envolverme y conectarme con otras formas de percibir y de percibirme más allá de mi inmanencia. Un silencio que acalla mi mente y me hace disfrutar de la existencia sin atributos ni adjetivos. Un silencio sin promesas ni recuerdos, un silencio tierno que mueve mi dial hasta captar la frecuencia en la que vibra lo que existe. Un silencio, en fin, que me sitúa plenamente en el aquí y ahora y paradójicamente, en el trascendente infinito atemporal en el que todo y nada existen simultáneamente.
Tengo la intuición de que al plantear esa pregunta existencial ¿Quién soy yo? se entra en un estado de inestabilidad emocional que hace que durante un buen rato cada cosa que uno hace o piensa, cada cosa que ve o escucha tienen un sentido especial porque afirman lo que se puso inicialmente en cuestión. Algo parecido a cuando nos asomamos desde una altura que nos da vértigo por el simple placer de experimentar la seguridad cuando “pasa el peligro”. Esto explicaría la tendencia de algunos de mis congéneres a las películas de miedo o a los deportes de riesgo… Experimentar la fragilidad de la vida te hace vivir con más conciencia. La única diferencia es que yo prefiero preguntarle al del espejo o a una cebolla que tirarme desde un puente con un elástico o pasar una noche con el muñeco diabólico. Cobarde, o prudente según se mire, que es uno.
La literatura nos invita a cruzar esta delgada línea del pensamiento convencional y a sumergirnos en el pensamiento “loco” que permite cuestionárselo todo. Si no arriesgas tu pensamiento, parecen decirnos algunos escritores, místicos, sabios… no encontrarás el tesoro que hay al otro lado, disponible sólo para iniciados capaces de subir y caminar por la cuerda floja.
Recuerdo un cuento de Borges en el que el escritor argentino ya consagrado se encuentra en un banco de Nueva York con el Borges de treinta años atrás. Tienen una conversación muy interesante en la que incluyen reproches, malos entendidos e incomprensiones. La genialidad del asunto es que hay un momento en que, como lector, uno duda si el relato lo escribió el viejo recordando al joven o el joven imaginando al viejo, perdiendo la capacidad de distinguir entre el ahora y el ayer o el mañana y percibiendo todas las perspectivas simultáneamente. El todo y la nada simultáneamente.
También José Saramago nos propone en “Las intermitencias de la muerte” que imaginemos que la muerte deja de actuar para llevarnos a la idea de la necesidad de alternar el fin y el principio de nuestra existencia. En realidad la novela podría llamarse también “Las intermitencias de la vida” porque en el fondo no son viables la una sin la otra. Debo morir a lo que fui para poder nacer al que he de ser. Cada día vamos muriendo al que fuimos y naciendo al que seremos… El todo y la nada simultáneamente.
Y el poeta Ángel González empieza así su contribución a mi divagación
Para que yo me llame Ángel González, 
para que mi ser pese sobre el suelo,
 
fue necesario un ancho espacio
 
y un largo tiempo:
 
hombres de todo el mar y toda tierra,
 
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
 
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
 
en otro cuerpo nuevo.
 
Solsticios y equinoccios alumbraron
 
con su cambiante luz, su vario cielo,
 
el viaje milenario de mi carne
 
trepando por los siglos y los huesos.

¿Quién soy yo? Parecen preguntarse Borges, Saramago y González y tantos otros que no he tenido el placer de conocer (de momento)
También la ciencia parece abordarnos con la pregunta del ser a lo largo del tiempo. Se sabe que muchas células mueren en un corto periodo de tiempo siendo reemplazadas por otras nuevas, pero también se sabe que en cada replicación de ADN una de las cadenas se conserva. Según esto si comparo a Nacho del 72 con Nacho del 13, por ejemplo, podría concluir que muchas de las células que eran yo entonces ya no existen y han sido sustituidas por otras que, curiosamente, pueden conservar trozos de biomoléculas (ADN) de aquella época. Algunos de esos trozos han llegado al Nacho del 13 sin inmutarse desde generaciones anteriores como nos recordaba Ángel González en su poema.
Pero además nos dice la Biología que la mitocondrias (orgánulos de nuestras células responsables de la respiración celular) tienen su propio ADN que procede exclusivamente de nuestra madre ya que se divide independientemente de la mitosis celular. Luego ese ADN de mis mitocondrias procede sólo de mi madre, de la madre de mi madre y de la madre de mi madre de mi madre…… ¡Locura total! Si no se produjeran mutaciones podríamos decir que son el ADN de una bacteria que vivió hace 3.000 millones de años ¡El mismo!
En todo caso la Biología nos dice que la respuesta a esa pregunta “¿Quién soy yo?” depende del momento de la vida en que la hagamos.
¿Soy el Nacho del 13, que avanza firmemente hacia la perplejidad respecto a lo que le rodea? ¿Soy el recién nacido inconsciente del 68? ¿Soy el joven “comemundo” del 90? ¿Soy el anciano dependiente y, tal vez de nuevo inconsciente, del 50? ¿Soy el que soy independientemente de mi nivel de conciencia o es mi conciencia quien determina quién soy y quién seré como si pudiéramos elegir entre las diferentes probabilidades que se nos presentan en la vida? ¿Soy mis recuerdos? Y en tal caso ¿Qué garantía tengo de que son reales y no inventados?
¿Y si en lugar de la variable tiempo nos fijamos en los límites de mi identidad? Entonces la pregunta de ¿Quién soy yo? Se convierte en ¿dónde empiezo y dónde acabo yo? Freud me diría que soy mis deseos, San Ignacio que el conjunto de mis intenciones, acciones y operaciones (pensamientos), los de la “new age” que una unidad de conciencia…
¿Soy el conjunto de los 50 billones de células que forman mi cuerpo? ¿Debería incluir en esa cuenta a las bacterias con las que convivo en armoniosa simbiosis? ¿Cuándo digo “soy yo” me debería referir a los 100.000 bacterias de cada cm2 de mi piel? ¿Y las 100.000.000 de bacterias por mililitro que viven en mi colon ascendente? ¿Son yo? Un amigo biólogo me decía que somos una comunidad de bacterias
¿Y si me quito una muela? ¿Sigo siendo yo? ¿Y si me amputan un dedo (Dios no lo quiera)?
También hay un enfoque ético-moral en esta pregunta del ser. “Eres los valores que te mueven” dirán algunos.
Resulta muy interesante la entrevista que le hace Eduardo Punset a James Fawler (http://www.rtve.es/television/20110403/poder-redes-sociales/421888.shtml). Este científico dice que ha demostrado que un cambio que ocurra en la vida de una persona (dejar de fumar, adelgazar…) tiene influencia sobre los contactos directos de su red social y, lo más curioso, también sobre las personas de las redes sociales que no son contactos directos sino contactos de contactos. Si esto es verdad se habría demostrado que los actos individuales pueden cambiar el mundo. Si esto es verdad no se sostendrían comportamientos indecentes con la excusa de “lo hace todo el mundo”. Cada cual es responsable de sus actos y la transcendencia de los mismos escapa, para bien y para mal, de nuestro control y se esparce como una mancha de aceite por no sabemos dónde….
Hay quien lleva este tipo de experimentos a la idea de una conciencia colectiva que explicaría que descubrimientos como el fuego o la escritura aparecieran simultáneamente en lugares de la Tierra muy alejados entre sí por lo que no podría haber una transmisión directa de información. Las conciencias individuales forman parte de una conciencia global que es más que la suma de las individuales defienden algunos. En esta línea va la curiosa teoría del centésimo mono también.
Pero volviendo a mi pregunta ¿Quién soy yo si mis actos están influyendo en los demás (incluso en quienes no conozco)? ¿Quién soy yo si los actos de personas a las que no conozco están influyendo sobre mi? ¿Soy distinto de los demás? ¿Mi individualidad es real o es una especie de “ilusión” que percibo por los sentidos y que igual que la ilusión del geocentrismo cayó en su día por obra y gracia de Copérnico y “sus compinches” caerá más tarde o más temprano por obra y gracia de gente como James Fawler?
Entonces ¿Soy el activista de Amnistía Internacional defensor de los Derechos Humanos o el que se beneficia del comercio de armas con mi estatus de vida en país “desarrollado”?
¿Soy el padre generoso dispuesto a sacrificios por el bien de mis hijas o el egocéntrico cinéfilo que exige silencio cuando ve una película que le interesa?
¿Soy el ciudadano civilizado que usa el transporte público o la bici o el comodón conductor que se salta un semáforo porque hace calor?
¿Soy el profe comprometido con su profesión que busca la mejora continua o el trabajador cansado que mira hacia otro lado donde hay problemas?
Soy todo y nada simultáneamente.
Por eso no hay mejor receta para crecer que preguntarse - ¿Quién soy yo?- Y preguntárselo sin ánimo analítico, sin interés en la respuesta y sí con la certeza de que esa pregunta por sí sola es la más revolucionaria que podemos hacernos porque abre la puerta de una existencia plena.


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