¿Quién soy yo?
Me lo pregunto muchas mañanas al mirarme al espejo. ¿Quién soy
yo? Le pregunto al que me mira desde el otro lado, me concentro en
sus pupilas con la idea ampliamente extendida (y verificada cuando te
reencuentras con alguien a quien hace mucho tiempo que no ves) de que
en la mirada se esconde el alma humana.
Más que mirar escruto su mirada y pauso mi respiración como en
las películas de miedo y más que preguntar clavo mis palabras en
el centro del ojo, atravieso con mi intención ese túnel secreto que
es el nervio óptico por el que viajo en un nanorobot y aterrizo
finalmente en el lóbulo occipital del cerebro que controla la
visión. Desde allí, según esa idea del alma y la mirada, uno
proyecta lo que es. Cuando llego hasta ahí el día transcurre con
mayor plenitud.
Como ocurre con todas las preguntas fundamentales de la vida lo
realmente interesante es la propia pregunta y no tanto la respuesta.
Y son interesantes porque activan una nueva forma de percibir la
realidad mientras estamos en “modo pregunta”. No interesa tanto
lo que soy sino el mecanismo que se genera en mi conciencia cuando
percibo que mi identidad no está tan clara, que mi identidad es algo
difuso en el tiempo y en el espacio, que está siempre rehaciéndose
y que más que ser alguien inmutable parece que “estoy siendo” en
el transcurrir del tiempo… Aunque por otro lado algo (o alguien) me
dice que sigo siendo yo.
De hecho cualquier respuesta que me diera el espejo se volvería
falsa y anticuada en unos segundos, basta con tener los ojos cerrados
un par de segundos y abrirlos de nuevo frente al espejo para recibir
una respuesta distinta (si es que se recibe). O mirar levemente de
reojo al rollo de papel higiénico para encontrar otra respuesta
cuando vuelvo a concentrarme en la mirada del que me mira.
Por eso, en ocasiones repito la pregunta ¿quién soy yo? ante
cosas diferentes a un espejo. A una alcachofa que recojo en el
huerto, al botón “MUTE” del mando a distancia de la tele, o a la
tortuga cuando le cambio el agua les pregunto concienzudamente por mi
identidad sabiendo que recibiré la callada por respuesta. Una
callada agradable que se vuelve silencio denso y tibio para
envolverme y conectarme con otras formas de percibir y de percibirme
más allá de mi inmanencia. Un silencio que acalla mi mente y me
hace disfrutar de la existencia sin atributos ni adjetivos. Un
silencio sin promesas ni recuerdos, un silencio tierno que mueve mi
dial hasta captar la frecuencia en la que vibra lo que existe. Un
silencio, en fin, que me sitúa plenamente en el aquí y ahora y
paradójicamente, en el trascendente infinito atemporal en el que
todo y nada existen simultáneamente.
Tengo la intuición de que al plantear esa pregunta existencial
¿Quién soy yo? se entra en un estado de inestabilidad emocional
que hace que durante un buen rato cada cosa que uno hace o piensa,
cada cosa que ve o escucha tienen un sentido especial porque afirman
lo que se puso inicialmente en cuestión. Algo parecido a cuando nos
asomamos desde una altura que nos da vértigo por el simple placer de
experimentar la seguridad cuando “pasa el peligro”. Esto
explicaría la tendencia de algunos de mis congéneres a las
películas de miedo o a los deportes de riesgo… Experimentar la
fragilidad de la vida te hace vivir con más conciencia. La única
diferencia es que yo prefiero preguntarle al del espejo o a una
cebolla que tirarme desde un puente con un elástico o pasar una
noche con el muñeco diabólico. Cobarde, o prudente según se mire,
que es uno.
La literatura nos invita a cruzar esta delgada línea del
pensamiento convencional y a sumergirnos en el pensamiento “loco”
que permite cuestionárselo todo. Si no arriesgas tu pensamiento,
parecen decirnos algunos escritores, místicos, sabios… no
encontrarás el tesoro que hay al otro lado, disponible sólo para
iniciados capaces de subir y caminar por la cuerda floja.
Recuerdo un cuento de Borges en el que el escritor argentino ya
consagrado se encuentra en un banco de Nueva York con el Borges de
treinta años atrás. Tienen una conversación muy interesante en la
que incluyen reproches, malos entendidos e incomprensiones. La
genialidad del asunto es que hay un momento en que, como lector, uno
duda si el relato lo escribió el viejo recordando al joven o el
joven imaginando al viejo, perdiendo la capacidad de distinguir entre
el ahora y el ayer o el mañana y percibiendo todas las perspectivas
simultáneamente. El todo y la nada simultáneamente.
También José Saramago nos propone en “Las intermitencias de la
muerte” que imaginemos que la muerte deja de actuar para llevarnos
a la idea de la necesidad de alternar el fin y el principio de
nuestra existencia. En realidad la novela podría llamarse también
“Las intermitencias de la vida” porque en el fondo no son viables
la una sin la otra. Debo morir a lo que fui para poder nacer al que
he de ser. Cada día vamos muriendo al que fuimos y naciendo al que
seremos… El todo y la nada simultáneamente.
Y el poeta Ángel González empieza así su contribución a mi
divagación
Para
que yo me llame Ángel González,
para
que mi ser pese sobre el suelo,
fue
necesario un ancho espacio
y
un largo tiempo:
hombres
de todo el mar y toda tierra,
fértiles
vientres de mujer, y cuerpos
y
más cuerpos, fundiéndose incesantes
en
otro cuerpo nuevo.
Solsticios
y equinoccios alumbraron
con
su cambiante luz, su vario cielo,
el
viaje milenario de mi carne
trepando
por los siglos y los huesos.
¿Quién soy yo? Parecen preguntarse Borges, Saramago y González
y tantos otros que no he tenido el placer de conocer (de momento)
También la ciencia parece abordarnos con la pregunta del ser a lo
largo del tiempo. Se sabe que muchas células mueren en un corto
periodo de tiempo siendo reemplazadas por otras nuevas, pero también
se sabe que en cada replicación de ADN una de las cadenas se
conserva. Según esto si comparo a Nacho del 72 con Nacho del 13, por
ejemplo, podría concluir que muchas de las células que eran yo
entonces ya no existen y han sido sustituidas por otras que,
curiosamente, pueden conservar trozos de biomoléculas (ADN) de
aquella época. Algunos de esos trozos han llegado al Nacho del 13
sin inmutarse desde generaciones anteriores como nos recordaba Ángel
González en su poema.
Pero además nos dice la Biología que la mitocondrias (orgánulos
de nuestras células responsables de la respiración celular) tienen
su propio ADN que procede exclusivamente de nuestra madre ya que se
divide independientemente de la mitosis celular. Luego ese ADN de mis
mitocondrias procede sólo de mi madre, de la madre de mi madre y de
la madre de mi madre de mi madre…… ¡Locura total! Si no se
produjeran mutaciones podríamos decir que son el ADN de una bacteria
que vivió hace 3.000 millones de años ¡El mismo!
En todo caso la Biología nos dice que la respuesta a esa pregunta
“¿Quién soy yo?” depende del momento de la vida en que la
hagamos.
¿Soy el Nacho del 13, que avanza firmemente hacia la perplejidad
respecto a lo que le rodea? ¿Soy el recién nacido inconsciente del
68? ¿Soy el joven “comemundo” del 90? ¿Soy el anciano
dependiente y, tal vez de nuevo inconsciente, del 50? ¿Soy el que
soy independientemente de mi nivel de conciencia o es mi conciencia
quien determina quién soy y quién seré como si pudiéramos elegir
entre las diferentes probabilidades que se nos presentan en la vida?
¿Soy mis recuerdos? Y en tal caso ¿Qué garantía tengo de que son
reales y no inventados?
¿Y si en lugar de la variable tiempo nos fijamos en los límites
de mi identidad? Entonces la pregunta de ¿Quién soy yo? Se
convierte en ¿dónde empiezo y dónde acabo yo? Freud me diría que
soy mis deseos, San Ignacio que el conjunto de mis intenciones,
acciones y operaciones (pensamientos), los de la “new age” que
una unidad de conciencia…
¿Soy el conjunto de los 50 billones de células que forman mi
cuerpo? ¿Debería incluir en esa cuenta a las bacterias con las que
convivo en armoniosa simbiosis? ¿Cuándo digo “soy yo” me
debería referir a los 100.000 bacterias de cada cm2 de mi
piel? ¿Y las 100.000.000 de bacterias por mililitro que viven en mi
colon ascendente? ¿Son yo? Un amigo biólogo me decía que somos una
comunidad de bacterias
¿Y si me quito una muela? ¿Sigo siendo yo? ¿Y si me amputan un
dedo (Dios no lo quiera)?
También hay un enfoque ético-moral en esta pregunta del ser.
“Eres los valores que te mueven” dirán algunos.
Resulta muy interesante la entrevista que le hace Eduardo Punset a
James Fawler
(http://www.rtve.es/television/20110403/poder-redes-sociales/421888.shtml).
Este científico dice que ha demostrado que un cambio que ocurra en
la vida de una persona (dejar de fumar, adelgazar…) tiene
influencia sobre los contactos directos de su red social y, lo más
curioso, también sobre las personas de las redes sociales que no son
contactos directos sino contactos de contactos. Si esto es verdad se
habría demostrado que los actos individuales pueden cambiar el
mundo. Si esto es verdad no se sostendrían comportamientos
indecentes con la excusa de “lo hace todo el mundo”. Cada cual es
responsable de sus actos y la transcendencia de los mismos escapa,
para bien y para mal, de nuestro control y se esparce como una mancha
de aceite por no sabemos dónde….
Hay quien lleva este tipo de experimentos a la idea de una
conciencia colectiva que explicaría que descubrimientos como el
fuego o la escritura aparecieran simultáneamente en lugares de la
Tierra muy alejados entre sí por lo que no podría haber una
transmisión directa de información. Las conciencias individuales
forman parte de una conciencia global que es más que la suma de las
individuales defienden algunos. En esta línea va la curiosa teoría
del centésimo mono también.
Pero volviendo a mi pregunta ¿Quién soy yo si mis actos están
influyendo en los demás (incluso en quienes no conozco)? ¿Quién
soy yo si los actos de personas a las que no conozco están
influyendo sobre mi? ¿Soy distinto de los demás? ¿Mi
individualidad es real o es una especie de “ilusión” que percibo
por los sentidos y que igual que la ilusión del geocentrismo cayó
en su día por obra y gracia de Copérnico y “sus compinches”
caerá más tarde o más temprano por obra y gracia de gente como
James Fawler?
Entonces ¿Soy el activista de Amnistía Internacional defensor de
los Derechos Humanos o el que se beneficia del comercio de armas con
mi estatus de vida en país “desarrollado”?
¿Soy el padre generoso dispuesto a sacrificios por el bien de mis
hijas o el egocéntrico cinéfilo que exige silencio cuando ve una
película que le interesa?
¿Soy el ciudadano civilizado que usa el transporte público o la
bici o el comodón conductor que se salta un semáforo porque hace
calor?
¿Soy el profe comprometido con su profesión que busca la mejora
continua o el trabajador cansado que mira hacia otro lado donde hay
problemas?
Soy todo y nada simultáneamente.
Por eso no hay mejor receta para crecer que preguntarse - ¿Quién
soy yo?- Y preguntárselo sin ánimo analítico, sin interés en la
respuesta y sí con la certeza de que esa pregunta por sí sola es la
más revolucionaria que podemos hacernos porque abre la puerta de una
existencia plena.

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